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Historia de un violín

Tiempo de lectura 2 min.

11 de septiembre de 2017. 23:27h

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Reyes Monforte 11/9/2017

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La vida va demasiado deprisa, tanto, que nos empuja y hace que nos perdamos gran parte de la realidad, olvidando imágenes e historias que merecen ser recordadas una y otra vez, todos los días si hiciera falta. Y créanme que hace falta. No sé si recuerdan la historia de Wuilly Arteaga, el violinista venezolano de 23 años que fue arrestado el pasado 27 de julio y acusado en una corte de Caracas de «instigación pública y posesión de sustancia incendiaria». Sí, se refieren al violín. En realidad, su delito era tocar el violín en mitad de las revueltas para intentar que su música apaciguara los ánimos y cesara la violencia. Pero para el gobierno de Maduro era un icono de la oposición. Durante su detención fue torturado, golpeado con su propio violín, ese que ya malogró una bomba lacrimógena y al que un policía arrancó las cuerdas. Wuilly fue liberado 19 días después. A día de hoy, nada sabemos de él. Su historia recuerda a otras muchas historias en las que sólo cambian los nombres. He recordado la de Alma Rosé, la violinista austríaca de origen judío, sobrina de Gustav Mahler, que falleció en el campo de concentración de Auschwitz. Alma dirigió la Orquesta femenina del campo que hacía las delicias de una de las guardianas nazis más infames, María Mandel, responsable de la muerte de más de 500.000 mujeres presas. Cuentan que cuando Alma tocaba su violín, los guardianes de las SS callaban, escuchaban y parecían mostrar un poco de respeto hacia la presa judía. Quizá era eso lo que les asustaba, la música, la «sustancia incendiaria». La cultura, en cualquiera de sus expresiones, es muy peligrosa porque enseña a las personas de bien a pensar por ellas mismas y eso, a los mezquinos, no les viene bien. En realidad, les viene fatal. Recordémoslo. Zarandeemos la memoria, esa fábrica de recuerdos cuya actividad es tan frenética, que algunos dormitan en el olvido hasta que alguien los despierta. Convirtamos las historias, especialmente las inacabadas, en estribillos pegadizos, hasta conseguir que nuestras partituras amansen a las fieras. Hagamos que sientan lo que el protagonista de Vladimir Nabokov en «Lolita»: «Si una cuerda de violín puede sentir dolor, yo era esa cuerda».

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