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Indeseables

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18 de octubre de 2016. 01:09h

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Julián Redondo 18/10/2016

Agotado, por ahora, el tiempo de las selecciones y sus consecuencias, y después del explosivo retorno a la Liga, la «Champions» sale al encuentro con ánimos encendidos y la cautela propia del fútbol, un deporte que suele pasar factura a presuntuosos, jactanciosos y ventajistas, como una lección de vida, pero que no prospera con los bárbaros.

«Partido a partido», insiste Simeone, y Zidane, que si no fuera francés diría que ojito con sacar los pies de las alforjas, demuestra con hechos un temple encomiable y con palabras la realidad de esos hechos: «Ganamos con trabajo y calidad». Dice el refrán que «el oro hace soberbios y la soberbia, necios». No es el caso de estos dos entrenadores que enarbolan, junto a la del éxito, la bandera de la modestia. De esa humildad que la UEFA ignora porque la soberbia y la prepotencia jalonan sus decisiones. Al Legia le obligan a jugar en Varsovia sin público porque sus ultras son animales contrastados. Llamarles burros, bárbaros o indeseables no es insultarlos sino definirlos. No desentonarían entre los «valientes» de Alsasua. Y, sin embargo, esa UEFA que, en connivencia con FIFA, a poco que enrede Villar puede eliminar de cualquier competición internacional al fútbol español sin pisar el césped, permite que una manada de bestias asista al partido del Bernabéu con lo que su presencia conlleva: multas al Madrid si hay desórdenes, medidas de seguridad excepcionales con cargo al contribuyente, algaradas en el graderío, provocaciones, peleas, lanzamientos de objetos y de bengalas, porque alguna colarán incrustada en el culo –el recto les sirve de transporte–, donde se las meten con tanta suerte que no prenden durante el trayecto. Todo ello, con permiso de la UEFA.

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