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La coña de Garoña

Tiempo de lectura 2 min.

04 de agosto de 2017. 19:56h

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Lucas Haurie 4/8/2017

Figura entre las supercherías más asentadas en los magines zurdos una aversión a la energía atómica que nadie ha sido capaz de explicar con criterio científico o técnico. Se cuenta que las centrales nucleares serían peligrosas en caso de accidente, lo que equivale a decir que la carne de unicornio es sabrosa: nadie ha comprobado una cosa ni la otra. En caso de que el ecologismo catastrofista estuviese en lo cierto, además, la Península Ibérica no quedaría a salvo de un cataclismo en la vecina Francia, primera potencia mundial del ramo que nos vende a precio de oro la energía que nosotros rehusamos fabricar. Política de pitiminí. Los Pirineos no detendrán las radiaciones del apocalipsis, al contrario de lo que creen nuestros luditas de nuevo cuño, estos sedicentes progresistas tan denodadamente opuestos al progreso. Engordará pues el gabacho su astronómica ganancia gracias al cierre de Garoña, disparate que debemos a los complejos (otro más) de esta derecha gobernante que transita a diario un trecho del camino a la socialdemocracia para hacerse perdonar su pecado de ganar las elecciones. Aquí, mientras, el erario corre con los gastos de la factura de las renovables, que no solucionan nada excepto la cuenta corriente de unos cuantos espabilados, y ahora pagará también el contribuyente la generosa prejubilación de los empleados de la central clausurada, quienes perderán el trabajo pero no la soldada. Faltaría más. Gentileza del ministro Nadal, que tira con pólvora ajena para apaciguar a los damnificados y tener contentos a los conservacionistas. ¿Crisis de la izquierda española? ¡Pero si gobierna con mayoría absolutísima!

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