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La CUP

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23 de agosto de 2017. 22:14h

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Los atentados de Barcelona y Cambrils han puesto sobre el tablero algunas realidades que la conmoción impide valorar con la perspectiva adecuada, pero podemos acercarnos. Esta dificultad se multiplica ante la inminencia de la fecha elegida para proceder a la ruptura de la legalidad por parte del Gobierno de la Generalitat y alrededores. La partida entre los Gobiernos ya no tiene que ver con la ley ni con la razón, se acelera lo que siempre ha sido, pura emoción conductista. Hasta el 17 de agosto el relato del soberanismo se construía sobre hechos creados y un victimario colectivo al que se enganchaba un porcentaje importante de la población. Un proceso controlado por el Gobierno de la Generalitat y toda esa serie de organizaciones satélite que han demostrado estos días su condición miserable. Valga como ejemplo que ante un atentado con vocación universalista, por el escenario y nacionalidad de las víctimas, reclamen solidaridad exclusivamente envuelta en la bandera catalana. Primera gran realidad puesta al descubierto y confesada: la prioridad es el «procés» y su política excluyente. Ahí aparecen los dinamizadores, la CUP, los mamporreros, los que han llevado todo esto a una realidad de fechas y movimientos burdos. Como en la fábula de la rana y el escorpión, han picado, es su condición aunque les cueste el fin de toda esta historia. Se han barrido. No sé si se sumarán a la manifestación del sábado. Pero sus acusaciones al Rey y a Rajoy por los acuerdos comerciales con Monarquías de Oriente Próximo, por cierto del Barça y sus patrocinadores callan, su amenaza con la no asistencia a esa marcha ha desbaratado el plano emocional en el que se mueve todo el soberanismo. En estos días que nos quedan hasta el 1 de octubre cada movimiento equivocado, cada paso mal dado no tiene tiempo de corrección. Esta negativa de la CUP ha roto la estrategia de unidad de Puigdemont, que ha salvado el curar y ha demostrado las carencias en el prevenir. La contundente acción de los Mossos y la excelente comunicación en una crisis como esta es un mérito que no puede esconder las consecuencias de otras políticas equivocadas o abandonadas. La política migratoria y la «guetificación» o el descontrol de los líderes en los procesos de radicalización, ahí está el imán de Ripoll, son elementos para determinar una realidad que no quieren asumir las autoridades catalanas: solos no pueden. Ni ellos ni nadie. Todo su empeño en «hacer país» se viene abajo con unos socios empeñados en romper. Quieren barrer al Rey y a Rajoy, también a Mas... algún día le tocara a Puigdemont y lo sabe.

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