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La gran coalición y la ignorancia de la Historia

Tiempo de lectura 4 min.

06 de enero de 2016. 00:32h

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Ramón Tamames 6/1/2016

«Echar siete llaves al sepulcro del Cid», dijo en una ocasión Joaquín Costa: para ver si nos olvidábamos, de una vez, de las grandezas de España, y pensábamos algo más en un futuro de prosperidad. En el otro extremo, el gran historiador inglés Arnold Toynbee, insistió en la idea de que ignorar la propia Historia es condenarse a volver a caer en los mismos errores. De momento, podemos quedarnos con la segunda de esas máximas, a la vista de la actual política española. Cuando el presidente del Gobierno en funciones plantea una gran coalición PP/PSOE/Ciudadanos para la gobernabilidad del país; a lo que ha recibido el más contundente rechazo de Pedro Sánchez.

Y aquí vuelve la Historia: lo que sucedió en España en 1936, cuando el nuevo presidente de la Republica, Manuel Azaña, quiso configurar una gran coalición republicano -socialista; esperando tener como gran operador de esa plataforma a uno de los líderes más populares del PSOE, Indalecio Prieto. Y es imaginable que de haber asumido el socialismo español esa propuesta, el programa electoral del Frente Popular, modernizante en muchos aspectos, (reforma agraria, restructuración del crédito, Seguridad Social, etc), podría haberse aplicado. Cierto que en un ambiente difícil, pero con resultados que habrían sido muy diferentes de lo que sucedió.

A aquel proyecto de Azaña se opuso otro de los máximos líderes del PSOE de por entonces, Largo Caballero, que pasaba por la especial circunstancia de haber llegado a creerse que era el «Lenin español»; y que por ello mismo, su misión histórica no era sino acabar con el «Kerenski», también español: el mismísimo Azaña. Lo cual le llevó a contraproponer que antes de ir a esa coalición, el partido había de celebrar su Congreso, que se demoró hasta septiembre... fecha en la cual ya estábamos inmersos en la más cruenta de nuestras guerras civiles.

No se trata de dramatizar, porque la situación de hoy es muy distinta a la de 1936. En el escenario exterior, no están ni Musolini, ni Hitler, ni Stalin. Y España ya no es un «caso de libro», como lo era el del 36, de oligarquía/burguesía contra proletariado. Ahora somos una nación de clases medias, y además, la Unión Europea en la que estamos es garante de la paz, y de una comparativa prosperidad hasta niveles que en tiempo atrás no pudo imaginarse.

Pero en lo esencial si que hay algunas similitudes históricas inquietantes entre ayer y hoy: tenemos un presidente del Gobierno en funciones que quiere ir a una gran coalición. Y un líder del PSOE que la desprecia, y que aspira a formar un bloque de sedicentes izquierdas, en un viaje a no se sabe dónde. Y con el riesgo máximo de que los compañeros de viaje de esa travesía, Podemos, hagan peligrar la Constitución con sus prometidos referendos para Cataluña, el País Vasco y no se sabe qué más; con toda la frivolidad característica del populismo transversalista cuyo único fin es llegar al poder.

Tampoco vamos a decir que Rajoy sea Azaña, ni que Pedro Sánchez aspire a ser el Lenin español. Pero lo que no se comprende es que ante un ofrecimiento como el hecho desde el Gobierno, el joven dirigente socialista se empecine en su proyecto imposible de tándem PSOE/Podemos; que para mayor inri, en la difícil hipótesis de salir adelante, significaría la posibilidad de que los socialistas fueran fagocitados.

Muy por el contrario, de aceptarse la coalición que propone Rajoy y Albert Rivera con Ciudadanos ya parece estar de acuerdo con ella , los resultados para el país serían altamente alentadores: abriríamos una nueva transición, si se prefiere, un proyecto reconstruyente; para introducir una serie de reformas importantes, modernizar España y luchar contra la corrupción. Y hacer posible un nuevo estado de cosas en la economía: que con el tiempo haya más empleo, desaparezcan los infrasalarios y dejen de proliferar los «ninis». Y que se sepa asumir los criterios de internalización económica con alta productividad, la búsqueda de la calidad, el planteamiento de un sistema educativo que vaya liberándonos de tantos demonios conceptuales que aún persisten. Como también hay que ir a una configuración del Estado de las Autonomías más racional, sin soberanismos pretenciosos, inconstitucionales y empobrecedores.

Más de Historia para una última reflexión: el presidente Suárez, no lejos de la mayoría absoluta, con el apoyo de diversos partidos, consiguió gobernar desde 1977 al frente de la nueva democracia española. Y a pesar de su relativa hegemonía, supo ver que la necesidad de una mayoría de consenso, para lo que promovió los Pactos de la Moncloa.

Ahora, con una España muy distinta, también necesitamos un Gobierno que por consenso de sus partícipes acometa los cambios necesarios. De ahí que negarse a la posibilidad planteada equivale a ignorar la Historia, para entrar en una aventura cuyas posibles vicisitudes no se vislumbran, pero que en cualquier caso no serían las mejores.

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