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La mentira de profesión

Tiempo de lectura 4 min.

01 de febrero de 2017. 22:34h

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Por leer un artículo de la Constitución Española concerniente a los deberes de las Fuerzas Armadas, el otrora ministro de Defensa del Gobierno de Zapatero, José Bono, fulminó al Teniente General don Luis Mena Aguado, un soldado ejemplar. Ya había desalojado de la Jefatura del Estado Mayor del Ejército al Teniente General don Luis Alejandre Sintes, otro prestigioso y respetado militar sin tacha y sin esquinas. En su libro de Desmemorias, Bono justifica su arbitrariedad «por haber insultado gravemente al Presidente del Gobierno». El General Alejandre, que me honra con su amistad y colabora con brillantez en las paginas de LA RAZÓN, jamás ha insultado a nadie, y menos a un Presidente del Gobierno. Su educación se lo impide, educación, respeto y cortesía que comparte con la inmensa mayoría de los militares españoles. Bono humilló y desacreditó al Teniente General del Aire, don José Antonio Beltrán, atribuyéndole un sobresueldo falso que jamás había percibido. El general Beltrán exigió el desagravio por escrito al ministro de Defensa, pero su carta fue «inadmitida». El general Mena fue desposeído de su cargo sin concederle la oportunidad de defenderse. Había leído un artículo vigente de la Constitución, lo cual resultaba imperdonable. El General Alejandre Sintes, el que había «insultado gravemente al Presidente del Gobierno», escribió a éste pero no obtuvo la cortesía de la respuesta. «Debo manifestarle, señor Presidente, que la afirmación es completamente falsa. Ni va con mi estilo, ni es habitual en un militar con responsabilidades, por encima de opiniones políticas que no tienen por qué ser coincidentes. Para nosotros, el presidente del Gobierno es la máxima autoridad política del país, y como tal, la respetamos». A renglón seguido, el general Alejandre le deja claro a Zapatero su opinión sobre Bono. «La verdad nos hace libres por encima de personas que hacen de la mentira su profesión».

Si hay algo que un militar no concibe, es la mentira, y aquel ministro de Defensa, político de larga y triunfadora experiencia, siempre fue un gran mentiroso. Un hombre que parece sobrevolar el bien y el mal, y alarmantemente temido por los suyos y sus adversarios. La carta del general Alejandre al presidente Rodríguez Zapatero no tuvo contestación. Bono abandonó el Ministerio de Defensa dejando tras de sí una huella de desafecto y desprecio por parte de los militares.

Hoy es un hombre desaparecido. Ha dejado de ser calvo y presenta el tupé de un trasplante capilar magistral. Tiene importantes negocios patrimoniales y su casa de Olías del Rey, que habita de Pascuas a Ramos, como ha desvelado ABC, es vigilada y custodiada permanentemente por tres policías nacionales y un guardia civil a cargo de los contribuyentes. Sus sucesores en el cargo de presidentes de Castilla-La Mancha, José María Barreda, socialista, y María Dolores de Cospedal, popular, renunciaron a semejantes privilegios.

Bono ha reconocido haber sustraído del Ministerio de Defensa documentación original y confidencial de sus archivos, y aún no ha tenido la dignidad de devolverla. La apropiación indebida, es decir, el robo de documentos públicos, puede ser motivo de una intervención de la Fiscalía, pero la Fiscalía lleva mucho tiempo dedicada a otros menesteres. El independentismo, los Pujol y Bono no entran en sus competencias.

Bono está callado. No podrá mantener su silencio durante mucho tiempo. Por amplio e interesante que sea el archivo comprometedor del político manchego, alguien –es de esperar– se atreverá a plantarse ante su prepotente soberbia. Si un General se lleva los cubiertos de plata del Cuartel General del Ejército –figuración imposible–, sería investigado, juzgado y condenado, además de obligado a devolverlos. Unos documentos confidenciales son más valiosos que la cubertería de plata. Pero el silencio de Bono está siendo emulado por la quietud de la Fiscalía. Y el tiempo de la reacción se ha cumplido.

Consecuencias de gobernar con la mentira de profesión.

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