Literatura

Alfonso Ussía

La prosa encendida

La Razón
La RazónLa Razón

Abel Hernández ha escrito, aquí en LA RAZÓN, un texto bellísimo, un artículo de premio grande que no le van a conceder. Una melancolía del tiempo perdido y nublado de la infancia. Quizá necesitamos más ayeres que política, sobre todo si los ayeres encuentran en cada voz la palabra justa, culta y rural del campo de Castilla. Ya lo he escrito anteriormente. Era director de ABC Luis Calvo, genial, parcial, iracundo y sabio. No estaba en su mejor día cuando recibió el texto que González-Ruano le había enviado para ser publicado a la mañana siguiente. Un artículo del mes de febrero en el que celebraba que los almendros habían florecido y ya se adivinaban en los cerezos del valle del Jerte las yemas del renuevo. Y Luis Calvo descolgó el teléfono y llamó a Ruano. –César, ¿qué coño les importa a los lectores de ABC que hayan florecido los almendros?–. Y Ruano se defendió. –Les importa mucho, director. ¿Te imaginas un año sin los almendros florecidos? Sería trágico, el primer anuncio del fin del mundo–. El artículo se publicó y Ruano recibió centenares de felicitaciones.

Abel Hernández, según tengo entendido, es de Sarnago, de las Sierras Altas de La Alcarama, norte de Soria con la Rioja a la vista, que también era Castilla la Vieja cuando Abel fue niño. Siempre que puede, vuelve a su vieja casa de la plaza, en cuya cocina compartía la vida con los suyos. El abuelo, su madre, el tío Co, que fue soldado en la guerra de África. Y nos regala el vocabulario luminoso de la Castilla rural, ignorado y perdido por el abandono de los pueblos y las aldeas en el norte castellano. Allí se establecieron los romanos, que algo sabían. Arden las bardas. El aroma de la támbara. La antosta de hierro, las negras llares que cuelgan de la pared, el tentemozo, la mujer espigada, vestida de negro, viuda a los veintiocho años que lee romances castellanos antiguos, los calendaños, el hogaril, las úrguras que retan a los fantasmas. Ahí están el abuelo, el tío, la madre, el hermano. En la humilde y cálida cocina encendida mientras la nieve cae sin prudencia sobre la Historia de su tierra.

Muchos años más tarde, aquel niño mayor y cansado ha vuelto. El fuego lleva más de cuarenta años apagado y no hay nadie en la casa. El castellano alto, siempre seco y austero, no se recrea en la tristeza. La deja entrever con la elegancia del señorío del campo. Escribió el duque de Wellington que un campesino de Castilla descubriéndose en el saludo era la síntesis de la nobleza y la dignidad natural. Y Hemingway, que sólo el que se enamora de los paisajes castellanos ha alcanzado el nivel mínimo de la sensibilidad. Borges protestaba. –¿Qué ven en Castilla? Kilómetros y kilómetros sin un árbol–. Cuando pronunció esa bobada, muy del genio porteño, Borges estaba ciego. Castilla es páramo, pero también dehesa, mancha cerrada, bosque y sierra. Tampoco reparó Borges en el derroche de arte y piedra del románico castellano, en esa pequeña aldea de cuatro casas que domina la torre de la iglesia románica perdida en el paisaje. Tarradellas, socarrón y distante de algunas cursilerías autonómicas lo repetía: –¿Comunidad Histórica? La primera que se me ocurre es Castilla–. Todavía, cuando se supera el puerto de Somosierra y se alcanza el primer labio de la provincia de Segovia, desde lo alto, entre sotos de álamos y arroyos humildes, pueden aparecer sin sobresaltos San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila turnándose los lomos de una mula.

Hoy, Abel Hernández ha escrito uno de los más mínimos y grandes artículos del año. Mínimo por ser la memoria de un hombre sólo. Grande por su belleza literaria. Su mirada se ha reencontrado con las sombras amadas de los suyos, en la cocina encendida que él ha sabido iluminar con una luz cegadora.