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La reforma interminable

Tiempo de lectura 2 min.

14 de julio de 2017. 00:51h

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Se habla de reformar la Constitución como si se pudiera hacer en un pispas, y, lo que es más chusco todavía: como si el actual mapa parlamentario no fuese el menos propicio para alcanzar consensos al respecto. No es la primera vez que la modificación de la Carta Magna se esgrime como si fuera una varita mágica capaz de arreglarnos la vida. El problema es que, más allá del diagnóstico compartido por casi todos los partidos de que un retoque a la «Madre de todas las normas» no vendría mal, nadie consigue ponerse de acuerdo en por dónde meterle el bisturí. Es más: si se reformaran todos y cada uno de los puntos que quiere cada partido, a la Constitución no la iba a reconocer ni su padre, que diría Guerra. Como todo al mismo tiempo no puede ser lo suyo es sentarse a negociar. Y después, habría que disolver las Cortes. Y ahí está el mayor escollo de todos: ¿Alguien puede imaginarse a un gobierno del color que sea y con un mínimo de estabilidad acortando voluntariamente una legislatura? Cuesta bastante. Sí, claro: se podría hacer coincidir la reforma con el calendario electoral, pero entonces estaríamos hablado de un futuro a medio plazo porque en dos años, viendo como está el patio, no se consigue un acuerdo ni con tamborrada. De ahí que plantear ahora la reforma como solución inmediata al problema catalán, sea, además de arriesgado, tan absurdo como imposible.

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