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La yihad y la libertad

Tiempo de lectura 4 min.

10 de enero de 2015. 21:44h

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Estoy orgulloso de escribir en LA RAZÓN, el único periódico español que ha reproducido en portada la viñeta de «Charlie Hebdo» sobre el terrorismo islámico. Sin la libertad de expresión, efectivamente, no existe libertad alguna. Ni libertad política, porque no habrá forma de discutir el poder. Ni libertad económica, porque se crearán ineficiencias que colapsarán los intercambios, los negocios y las inversiones. Ni libertad religiosa, porque la dimensión pública es inherente al hecho religioso.

Por lo tanto, no hay forma de poner límites a la libertad de expresión, como no sea en aquellos casos muy contados que atañen a la seguridad o al odio. España es un buen ejemplo. Aquí la libertad de expresión es total: a favor o en contra de las religiones, a favor o en contra de cualquier opción política, a favor o en contra de la nación, del Estado, de la Monarquía o de la República. En España, con una larga experiencia en la lucha antiterrorista, sabemos que la libertad y la tolerancia no son obstáculos para combatirlo. Al contrario, y en contra de lo que a veces se piensa y se dice, son una ventaja.

Otra cosa es que determinadas manifestaciones amparadas por la tolerancia y por la libertad de expresión sean consideradas como la quintaesencia de esa misma libertad. Lo pueden ser porque transgreden tabúes y amplían el campo de lo que se puede decir e incluso pensar. No por eso, sin embargo, constituyen un modelo. Los instrumentos y los frutos más valiosos de la libertad de expresión están en otro sitio: en los mercados, en las universidades y en la ciencia, en las informaciones contrastadas, en las opiniones ponderadas, en la formación de la opinión pública. No es una paradoja afirmar que así se llega mucho más lejos que mediante la provocación o la blasfemia, más o menos trivializada. La responsabilidad es buena para la libertad.

En este punto, el asunto pierde un poco de su presunta universalidad. Y para ser entendido en su verdadero significado, resulta imprescindible tener en cuenta la realidad de Francia. La República Francesa, efectivamente, no concibe una ciudadanía que no sea la que define el Estado. De ahí que cualquier otra forma de identidad, considerada particular, deba subordinarse a la ciudadanía republicana.

Desde esta perspectiva, las viñetas de «Charlie Hebdo» encarnan la República en acción. Por eso el asalto a la redacción y la terrible matanza del miércoles son considerados, más allá de un ataque a la humanidad y a la libertad de expresión, un ataque a la República. Lo son, sin duda. Otra cosa es que nosotros nos identifiquemos con ese sentido, puramente francés, de la palabra República. Las opiniones son libres. Igual se puede defender que Francia, o la «République Française», es la quintaesencia de las democracias liberales como que no lo es.

Esta concepción de la ciudadanía instaura también una separación muy particular entre la religión y el Estado. El laicismo francés consiste, como es bien sabido, en relegar la religión al ámbito privado y en la ocupación del ámbito público por el Estado. La República Francesa instaura una religión civil que aspira a dar sentido a la vida de las personas, convertidas a la ciudadanía. Eso es lo propio de todas las religiones y por eso las religiones plantean un problema de fondo a la «République». El pensador norteamericano Michael Walzer escribió en su ensayo sobre la tolerancia que la tolerancia siempre funcionará mejor... cuanto menos religiosa sea la religión civil. En el caso francés, a diferencia del caso norteamericano, la exigencia es muy alta. Por eso las caricaturas de «Charlie Hebdo» son difíciles de concebir en Estados Unidos. En Francia, en cambio, son consideradas como la República militante, su fuerza de choque.

Esta idea resulta particularmente delicada cuando la religión con la que la religión civil republicana tiene que entrar en diálogo es el islam. Los caricaturistas de «Charlie Hebdo», continuadores de la tradición sesentayochista y anticlerical, juegan sobre seguro cuando los chistes van dirigidos contra el cristianismo. Al fin y al cabo, el cristianismo abrió la puerta a la separación de la Iglesia y del Estado, de la que la República Francesa es una derivación última, aunque muy particular. No ocurre lo mismo con el islam, que fue la religión política por excelencia y lleva varias décadas de reislamización, radicalización y retorno de los antiguos enfrentamientos internos.

El riesgo que se asume aquí es doble. Uno atañe a quienes toman la iniciativa en nombre del laicismo, porque los radicales islámicos pueden responder con la extrema violencia propia del terrorismo religioso, que no mide la acción en términos humanos. Por eso debemos recordar hoy a los asesinados en París, como en LA RAZÓN fuimos –y somos– Charlie al publicar la viñeta del semanario. El otro, en cambio, atañe a la población musulmana. Ésta puede verse atrapada entre dos fuerzas que no son ni simétricas ni comparables, pero que están destinadas a chocar. Por un lado, el islamismo radical. Por otro, la exigencia republicana, de matices emancipadores y redentores. Planteado el enfrentamiento –ésa es la incógnita de estos días–, puede salir ganando esta última. O tal vez haga más difícil la evolución en curso, o ya realizada, entre los musulmanes, en particular aquellos que viven en las democracias liberales y que también forman parte de eso que se llama Occidente.

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