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Libertad bajo las bombas

Tiempo de lectura 4 min.

20 de marzo de 2017. 22:31h

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Julio Valdeón 20/3/2017

Charlé con Francis Fukuyama en las páginas de este periódico. Para el politólogo que acharoló el pensamiento líquido con aquel fin de la historia, el que «las élites traten de patrimonializar tanto los recursos como las instituciones del Estado no es exclusivo de EE UU. Sucede en otros muchas naciones, pero en nuestro país es demasiado evidente. Recuerde que el Supremo equiparó a la libertad de expresión el derecho de las empresas a entregar dinero de forma ilimitada a la campaña de un candidato. Será complicado revertirlo, pero es crucial». La penúltima secuencia del proceso fue el auge de un Trump que «responde al descontento de un sector de la población, en general blancos de clase trabajadora, que hasta hace no muchos años mantenían una buena posición, con trabajos en la industria bien remunerados (...) como buen populista, les ofrece un relato sencillo al que agarrarse». Fukayama, que había publicado dos libros importantes, «Los orígenes del orden político» y «Orden y decadencia de la política», advertía antes del cometa Trump contra la judicialización del sistema, la coaptación del legislativo por los tentáculos de los lobbies y el marasmo de una administración pública cuyos servidores pasaron de ser seleccionados por su «capacidad y conocimientos técnicos» al actual ejército de «contratistas que hacen cualquier cosa, desde proporcionar servicios de cafetería hasta proteger a diplomáticos o gestionar los sistemas informáticos de la Agencia de Seguridad Nacional». De fondo late la aluminosis de un sistema que puede morir de éxito, ahogado por su mórbida rigidez y la incapacidad para responder al naufragio de las clases medias. Al debate acaba de sumarse el profesor Ganesh Sitaraman, cuyo libro, «The crisis of the middle-class constitution», explica hasta qué punto fenómenos como la precarización de las viejas profesiones liberales, la desaparición del trabajo bien remunerado en la industria y el decaimiento de la pequeña burguesía actúa como multiplicador de una desigualdad social que sólo tiene dos salidas, oligarquía o tiranía. Tal y como explica Angus Deaton en el «New York Times Books Review», la nueva administración emite destellos en ambas direcciones. Abandera un discurso chabacano, prototípico del tirano que coquetea con la retórica del populismo autocrático. Al mismo tiempo, ha situado en sus puestos clave, comenzando por la presidencia, a un grupo de plutócratas. El combate entre una Constitución cocinada para evitar las derivas autoritarias y un poder político agusanado de idealismo y demagogia, entre el carisma del líder supremo y el nepotismo que irradia, avaricioso, nativista y xenófobo, promete ser apasionante. Pero el material radioactivo que ha devuelto al primer plano a un periodismo más necesario que nunca no garantiza un final amable. En los próximos años podemos asistir al desmoronamiento de los dos grandes focos civilizadores, EE UU y la Unión Europea, vapuleados por la creciente arrogancia de los enemigos de la libertad, cada día más fuertes. El combate contra el nacionalismo, los fantoches aislacionistas y los brujos del odio se libra ya en el interior de la fortaleza.

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