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Los bandazos apresan al PSOE

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Antonio Martín Beaumont,  Antonio Martín Beaumout . 

Tiempo de lectura 4 min.

24 de julio de 2017. 01:09h

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Antonio Martín Beaumont,  Antonio Martín Beaumout .  24/7/2017

¿Cómo puede ocurrir que Cristina Narbona avanzase en un tuit un viraje en la posición sobre el Tratado de libre comercio entre la UE y Canadá? ¿Cómo llega Pedro Sánchez a verse en la tesitura de telefonear a Marimar Blanco para intentar sacar al PSOE del lío de haber enturbiado los homenajes en memoria de Miguel Ángel Blanco? ¿Cómo es posible que José Luis Ábalos, lejos de ceñirse a la denominada «Declaración de Barcelona», defienda a capa y espada una quita de la deuda pública de Cataluña para dar marcha atrás al siguiente día y atribuirlo a una “opinión personal”?

Por raras que parezcan, estas situaciones se han dado en pocas semanas. La única solución, admiten fuentes socialistas, es intensificar el control y la coordinación. En el caso del secretario de Organización, la opinión es rotunda: «Ábalos no debe improvisar y tiene que ceñir su opinión al catálogo de medidas oficiales del partido». Lo cierto es que los «bandazos» están en el PSOE a la orden del día, principalmente por la falta de visión del mismo Sánchez. Una muestra: fue él quien decidió esquivar su compromiso de aguardar a Mariano Rajoy en lo que respecta al pulso secesionista en Cataluña. O precipitar espectacularmente la estrategia política, en su pretendido acercamiento a Pablo Iglesias para armar una agenda parlamentaria contra el PP, chocando abruptamente contra los escollos que enseguida le colocó Podemos en el camino. De hecho, sus respectivas portavoces, Margarita Robles e Irene Montero, andan tirándose los trastos a la cabeza entre bambalinas.

Con todo, superar los recelos fraguados con Podemos durante la anterior legislatura por un maridaje, va a ser, claro está, el menor de los problemas del PSOE, con su líder buscando su sitio, su manera de hacer oposición y la forma de volver a conectar con la sociedad. Ante el reto separatista, solo Sánchez parece capaz de moverse entre los inestimables llamamientos de apoyo a Rajoy para que se cumpla la legalidad en Cataluña, y la dureza contra la supuesta incapacidad del presidente del Gobierno para evitar el estallido del polvorín catalán. Tal paradoja, me consta, es de difícil digestión incluso para más de un destacado miembro de esa Ejecutiva de fieles sanchistas que piden por favor aprovechar el veraneo para abrir un periodo «valle» en la acción pública del partido que permita asentar la dinámica interna.

En cualquier caso, en Ferraz se asume en voz baja los desajustes estratégicos y la descoordinación interna, aunque los tratan de disculpar escudándose en la necesidad de engrasar todavía algunos mecanismos internos y, por supuesto, echando la culpa a la voracidad informativa del día a día. Eso sí, se trata de poner remedio a los bandazos y las contradicciones, y probablemente por ello Sánchez, tras dar un respiro a su «portavoz» Óscar Puente, ha delegado en Margarita Robles las riendas para evitar nuevas disfunciones. Y hasta le ha otorgado galones suficientes para amonestar a Ábalos. Cosa que, dicho sea de paso, ha asumido con resignación el «número tres» del partido. El secretario general del PSOE valora el gusto con el que su jefa de filas en el Congreso se ajusta al guión.

Hasta el mal sabor de una derrota sin paliativos ha probado ya Sánchez en su asalto al poder territorial ante el presidente de la Generalitat valenciana y reelegido líder del PSPV, Ximo Puig. Igualmente, ha visto cómo el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, uno de los líderes territoriales más significados en su contra, se ha atrevido a plantearle un pulso que además no ha perdido, aunque tampoco lo haya ganado, sobre la consulta a la militancia de su pacto de gobierno regional con Podemos. Ferraz ha podido imponer que los afiliados de García-Page se pronuncien en asambleas locales, pero éste ha logrado que sea «informativo y no vinculante». El barón ha evitado así el voto de las bases. «Empate», señalan filosóficamente los sanchistas.

Precisamente en el largo proceso de elección de direcciones regionales va a descansar uno de los nudos gordianos del hábito psicológico y político que algunos socialistas aprecian en estas primeras semanas del nuevo mandato de su líder. Sin añadir que las heridas del congreso socialista de junio pasado siguen sin cicatrizar. La paz en el PSOE es momentánea. Nadie lo oculta. Los que apoyaron a Susana Díaz continúan sin asumir el liderazgo de Sánchez. Y, a buen seguro, ese amplio sector espera tener su momento para marcar las diferencias con la actual dirección federal. Tal vez por todo ello, el PSOE, a pesar de sus repuntes, sigue lejos de ser de nuevo una opción mayoritaria entre la ciudadanía. Así se desprende de las encuestas, por más que fuentes oficiales se aferren a pintar la situación como «satisfactoria» y lean los sondeos como «un recorte en intención de voto con los populares indicativo para el corto periodo que lleva Pedro a los mandos».

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