Cataluña

Los campos minados «indepes»

La Razón
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No renunciarán a la vía unilateral, solo la congelarán. Tratarán de reabrir sus «embajadas»; plantearán su particular ley mordaza contra los medios de comunicación que no abracen la causa; enredarán con una moneda digital propia; harán populismo a la griega repartiendo con dinero ajeno lo que no tienen y fomentarán el voluntariado de civiles más allá de «ANC» y Omnium para apuntalar la conciencia de «futura república» entre otras muchas cosas, todas en línea con el obsesivo odio a lo español. Si existe algo sobre lo que ni el actual Gobierno de Rajoy ni los venideros pueden llamarse a engaño, es la decidida y manifiesta intención del separatismo catalán por utilizar todos los resortes en el mismísimo filo de la legalidad pero sin traspasarla aparentemente para conseguir la independencia a medio o largo plazo. Nadie podrá echarse por lo tanto las manos a la cabeza dentro de diez o quince años si la tendencia favorable a los adeptos o simpatizantes al secesionismo mantiene –y basta ya de zarandajas de «souffle»– la línea ascendente de la última década. Podrán tergiversar realidades, podrán volcar infinitas medias verdades por minuto, pero desde luego en lo que no mienten es en la claridad de su órdago. No hay lugar ya para eufemismos, lo quieren todo, la independencia, la comprensión de la comunidad internacional y consecuencia de ello, la madre del cordero por encima de unos escaños arriba o abajo que no es otra más que dar la vuelta a ese porcentaje simbólicamente plebiscitario del 47% pro independencia frente al 53% contrario a la misma. No dejarán de aprovechar el más mínimo resquicio que les permita la ley para voltear el dígito.

Esa seguirá siendo la máxima del bloque parlamentario separatista sea cual sea su nuevo referente al frente de la Generalitat cuando hagan efectiva su mayoría absoluta, ya sabemos que nuevamente in extremis, porque estos, de repetición de elecciones, ni hablar. No será necesario saltarse la ley provocando otra reacción de los poderes del Estado que, por si cabían dudas, se ha demostrado real y palpable. Basta con seguir soltando cuerda y carrete a una fórmula de la gestión pública que durante décadas ha tenido como prioridad, no la reducción de listas de espera hospitalarias y otras urgencias sociales, sino alimentar la «masía» de independentistas. Se ha dado medio paso atrás solo para tomar la carrerilla de dos pasos adelante.

No hay más que repasar el programa electoral de «JuntsxCat» para colegir que volverá a reactivarse –aún dentro de los límites de la ley– la «lluvia fina» del sistemático odio a todo lo español. Pues bien, es aquí donde cualquier gobierno del Estado que se precie deberá demostrar que no se trata sólo de sofocar una rebelión ni de conformarse con el cortoplacismo de «estando nosotros en el gobierno, Cataluña no se independizará». Se trata de devolver al estado la iniciativa, no la legal que ya ejerce, sino la política evitando que vuelva a sembrarse el campo de minas, más que nada porque tal vez no haya una nueva oportunidad para desactivarlas.