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Los robots están aquí

Tiempo de lectura 4 min.

19 de abril de 2017. 23:12h

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Si un coche autónomo se ve involucrado en un accidente y tiene que «elegir» entre «matar» a un peatón o a un pasajero ¿qué ocurrirá? Y, tras el siniestro, ¿cuál de las aseguradoras correrá con el coste de la decisión de la máquina? Hace un mes que la Unión Europea abordó esta discusión en la Cámara. Ya están aquí los robots. En diez años el mundo que conocemos habrá dado la vuelta como un calcetín. El internet de los objetos, los autómatas y las comunicaciones instantáneas habrán cambiado la existencia y propiciado un cambio de era tan rotundo o más que la imprenta. Causa una profunda impresión escuchar a los expertos que vienen por el estudio. La parte fácil es que la nevera irá registrando lo que vamos sacando e irá encargando al supermercado online los productos que necesitamos. O que la casa nos reconocerá por parámetros biométricos. O que el coche nos transportará, en efecto, sin que conduzcamos. BMW ha fabricado un automóvil que se saca del garaje sin pilotarlo, con una simple ejecución desde el móvil. Lo más complejo es, sin embargo, que los robots van a sustituir buena parte del trabajo humano y en Estados Unidos se están calculando ya los impuestos con los que grabar a las empresas según el número de puestos que amorticen. O que en Japón ya tienen prototipos de androides acompañantes que, además de un físico perfecto, garantizan conversación al gusto y hasta la música preferida. El panorama convida a pensar. Las revoluciones históricas no pueden retrasarse, son inevitables y vienen de la mano de grandes descubrimientos, pero también acaban provocando consecuencias importantes. La Ilustración fue fruto de la imprenta, pero también la sangrienta Revolución Francesa, las revoluciones nacionalistas y sus guerras. El pensamiento liberado dio origen a los Estados Unidos, pero quebró también el Imperio Austrohúngaro y desató las guerras balcánicas. Repensar el momento actual supone por ejemplo hablar de la renta universal, para que las masas empobrecidas por el desempleo puedan al menos subsistir. El uso constante de dispositivos electrónicos –e incluso la probable incorporación de chips corporales– está planteando trastornos de hiperactividad y falta de atención que tendremos que corregir y prever. Y, por supuesto, habrá que reflexionar acerca de la naturaleza de lo humano cuando escuchemos conciertos enteramente compuestos por máquinas o experimentemos la tentación de enamorarnos de Siri, como ya plantea la película fascinante «Her».

No creo que la solución al desafío de la Historia consista en demonizar los cambios. Para una persona culta o simplemente curiosa, Internet ha supuesto un placer y una utilidad extraordinarias. Es maravilloso tener a punto de clic la biografía de cualquier persona relevante, los cuadros de un pintor, los paisajes del mundo. Cuántas noches se me han ido así y siempre de forma nutricia. Se trata simplemente de repensar nuestra forma de estar en el mundo para que no se pierda nada de lo que consideramos importante, para salvar nuestra humanidad en medio de un proceso tecnológico trepidante.

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