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08 de septiembre de 2017. 22:28h

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Ángela Vallvey 8/9/2017

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De adolescente, yo era muy tecnófila, me gustaba fantasear con escenarios de futuro científico. Imaginaba que, pronto, el trasporte no se haría por carretera, sino por encima del suelo, para evitar el gasto energético del excesivo rozamiento. Pensaba que el petróleo se acabaría, y con él tantos problemas que derivan de su existencia (y que están pudriendo al mundo). El nuevo combustible sería limpio, parecería mágico. Y los vehículos estarían conducidos por un programa robótico que evitaría que se chocaran entre sí o contra cualquier obstáculo. No se me ocurrió que todo se podría dirigir desde un satélite. Ni reparé en ese problema de ingeniería. Pensé que todos estarían conectados «porque sí». Así, el juicio humano no intervendría en la conducción, se salvarían vidas y todo el mundo podría relajarse y disfrutar del viaje mirando simplemente por la ventanilla... Me preocupaba el asunto porque conocía a una familia que había muerto casi toda en un accidente. Solo sobrevivió una de sus miembros, una cría pequeñita, condenada a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas, mirando hacia el cielo (mejor dicho: al techo, al cielo raso), porque era incapaz de mover el cuello. Fue entonces cuando supe que los coches y camiones son armas. Pero que no funcionan como tales si nadie las dirige hacia un objetivo de devastación y quebranto. Tras los atentados de Cataluña, judicialmente se detallaron con precisión tanto los preparativos como la ejecución del crimen: la furgoneta de Abouyaaqoub avanzó «realizando movimientos en zig-zag con la finalidad de causar el mayor número de víctimas. Si se detuvo sobre el mosaico de Joan Miró, cerca del mercado de la Boquería y del teatro del Liceu, tras haber recorrido más de 500 metros, fue porque saltó el airbag, lo que detuvo el vehículo», explicaron mandos policiales. De alguna manera, el ordenador interno del coche «supo» que la conducción del asesino estaba siendo imprudente, trastornada y destructiva..., y se bloqueó. Se «negó» a dejarse conducir hasta una tragedia que pudo ser aún más terriblemente significativa en cuanto a la cantidad de víctimas. Resulta sorprendente que, en este atentado, quien mejor ha respondido haya sido una máquina que ni siquiera está programada para poseer nada remotamente parecido a una «conciencia». Los seres humanos encargados de aclararlo y repararlo, han actuado con un juicio, como mínimo, un poco más controvertible que el mostrado por el robot de una furgoneta.

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