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02 de noviembre de 2017. 04:30h

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Tomás Gómez 2/11/2017

En las dos últimas elecciones generales emergieron nuevos partidos políticos, Ciudadanos y Podemos. En aquel momento, muchos pensaron que Ciudadanos era un espejismo provocado por la crisis que sufría el Partido Popular, noqueado por los casos de corrupción y el estado de desencanto de la sociedad, pero que, en el medio plazo, desaparecería del arco político porque los electores, tarde o temprano, volverían al PP.

Sin embargo, «Podemos ha venido para quedarse» ha sido la expresión que se ha pronunciado con más frecuencia en los mentideros madrileños. Lo que se encerraba tras esta afirmación era que la crisis del PSOE era irreversible y que el camino del socialismo español era el de la socialdemocracia europea: quedarse en porcentajes del 20%, que hacen imposible el gobierno y muy difícil la oposición.

La cuestión catalana y, sobre todo, su desenlace, ha cambiado todas las previsiones, ahora parece que Ciudadanos se consolida y que el partido del Sr. Iglesias lleva camino de ser irrelevante en los futuros comicios.

Es más difícil mantenerse que llegar, además, cuando se pierde credibilidad es casi imposible volver a recuperarla, esto es lo que le ha pasado a los podemitas. La posición errática con respecto a la idea de España y su coqueteo con los independentistas ha producido el rechazo de gran parte de su electorado.

Por otra parte, el enfrentamiento interno entre sus fundadores, los «ex cinco», que se ha saldado con la condena al ostracismo del Sr. Errejón, el Sr. Monedero y, recientemente, la Sra. Bescansa, ha visualizado un partido con demasiadas fracturas y prácticas propias de la vieja política.

Suele ocurrir que cuando un dirigente se debilita, las cosas que antes le eran perdonadas por su electorado, se convierten en inadmisibles. Ahora es fácil encontrar a ex seguidores podemitas criticando con dureza las relaciones del Sr. Iglesias con el régimen venezolano o algunas de sus declaraciones sobre Arnaldo Otegi.

El PSOE ha actuado sin complejos. Ha antepuesto los intereses de Estado a sus intereses electorales, apoyando al Gobierno en la cuestión catalana y en la aplicación del art. 155 de la Constitución. Por fin se ha enfrentado a sus dos demonios: el nacionalismo y el pacto de Estado con la derecha política.

El apoyo que ha dado la dirección socialista al Sr. Rajoy no es una traición a los ideales de la izquierda, sino que se enmarca en la defensa del orden constitucional, algo que ha pasado de ser denostado en los últimos años a convertirse en irrenunciable para el desarrollo de las libertades y el progreso del país.

Esto, junto al hecho de haber evitado las terceras elecciones hace un año, sitúan al PSOE como un partido fiable ante los ojos de gran parte de la sociedad española y supondrá un activo electoral para los socialistas. Son curiosas las paradojas de la vida.

La crisis catalana es un punto de inflexión en la política española y quienes abanderaron la ruptura del Estado han terminado amortizados por sí mismos. Intentar comprender la estrategia del Sr. Puigdemont en términos políticos es un esfuerzo baldío, sencillamente le quedaba grande el traje de president.

El Partido Popular sale reforzado y se han disipado las dudas que se proyectaban sobre él. Lo mismo le ocurre al PSOE, que por fin ha entendido que no debe intentar ser Podemos. Atrás para siempre quedan los tiempos de mirar a los nacionalistas como socios de investidura.

Por su parte, Ciudadanos se ha desvelado como el tercero de los partidos que se fortalecen. Sin embargo, habrá que ver si se traduce en escaños, porque la sociedad española se ha cansado de experimentos.

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