Paloma Pedrero

Mi relación con ella

La Razón
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No había experimentado nunca lo que tengo con ella, lo que logramos sentir la una por la otra en apenas un par de meses. Nunca. Cuando decidí comenzar esta relación, casi obligada por mi hija de doce años, impuse unas normas estrictas: no la daríamos de comer en la mesa, no se subiría al sofá ni a las camas, la enseñaríamos lo mejor de la conducta canina y nunca la confundiríamos con una humana. Ni una he cumplido. Imposible. Sé que es una perra, pero jamás me ha mirado nadie como ella me mira; ni me ha aceptado íntegramente nadie como ella me acepta; ni me ha manifestado nadie su incondicionalidad como ella me manifiesta con sus actos sin palabras. Sin palabras articuladas porque, a su manera y con múltiples sonidos y gestos diferentes, ella me dice lo que necesita o desea. Y yo la entiendo. Sé cuándo necesita salir, o jugar, o comer, o caricias. Eso es lo que ella necesita. Pero, sobre todo, lo que más anhela en la vida es estar a mi lado. A las duras y a las maduras. Cuando estoy triste o contenta, cuando huelo a rosas o a cardos. Y eso, queridos míos, eso no lo había vivido con nadie.

Para una humana como yo, con el temor al abandono metido en el tuétano, tener esta vivencia es algo maravilloso. Porque sé que sólo la muerte de una de las dos podrá separarnos. Y sé que mientras esto ocurra tendré una compañera preciosa, inteligente, besucona, simpática, definitiva. Yo la amo también así, a las duras y a las maduras. Y la dejo tumbarse en el sofá, dormir conmigo y sentarse a mi mesa. Como al mejor de los enamorados.