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Mieses, bosques y valles

Tiempo de lectura 4 min.

14 de agosto de 2017. 22:51h

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Alfonso Ussía 14/8/2017

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Hoy, 15 de agosto, es el día guapo, el más grande del verano en toda España. En mis sitios, el de la Virgen de la Paloma en Madrid, de la Virgen en San Sebastián y de Nuestra Señora en Ruiloba. Se echa mucho de menos el roble, el paisaje que se movía en el corpachón de don José Antonio Zúñiga, el buen párroco de los ocho barrios tolanos y de Ruiseñada, con su voz macha de barítono y su bondad desbordante. Día de la Asunción de la Virgen, y ahí entra la memoria de mi madre, que así se llamaba y cuya onomástica celebrábamos con la vista hacia la bahía de la Concha y un gran balandro, el Norte V, engalanado en su honor. La Salve de Réfice que canta el Orfeón Donostiarra en Santa María del Coro, la Salve de San Sebastián, impulsada por la Reina María Cristina. Ruiloba es mies, bosque, valle, y costa. En la cuerda de Liandres se levanta la iglesia de la Virgen de los Remedios, panteón de los Pérez, que domina desde su altura los ocho barrios del municipio. La Misa Grande de Nuestra Señora recibe a centenares de fieles, también procedentes de Comillas y otros lugares de La Montaña, y se canta a la Estrella de los Mares, que su nombre repiten montes y valles. De Ruilobuca al Barrio de la Iglesia, la gran mies que sabe a heno, maíz y limones. Frente a la mies, el monte de los laureles, que desde aquí –lo escribió el embajador Alfonso De la Serna–, se llevaban los romanos las coronas de hojas de laurel para respetar a sus héroes. Si esa aportación de Ruiloba a Roma fue imaginación o fantasía del gran montañés nada cambia, porque está bien contado.

En la Misa Grande de Nuestra Señora, suena íntegro el Himno de España cuando finaliza la Elevación y Consagración del cuerpo y la sangre de Jesucristo. En estos días de odio irracional y paleto a nuestro Himno, suena infinitamente más bonito y emocionante. Himno sin letra, porque cada español le adapta la suya según le convenga. Yo me he quedado con la letra de José María Pemán, que a nadie puede molestar aunque no lo consiga del todo en la insensibilidad de los necios. «Gloria a la Patria / que supo seguir,/ por el azul del mar/ el caminar del sol».

«Festara» –Fiesta–, y «Agur Jesusen Ama» en San Sebastián. Reconozco que me emociona más la hondura del pueblo que la perfección musical de la ciudad. Aquí canta un coro mixto de Ruiloba y de Comillas, y allí el Orfeón Donostiarra, uno de los conjuntos corales más prestigiosos del mundo. Pero el Gran Día atraviesa el Ebro hacia Navarra, la Rioja, Aragón, Cataluña y la anchísima Alta Castilla. Y se divide hacia los cuatro puntos cardinales, ocupando todas las tierras de España, y más allá, superando las dos mil millas, las islas Canarias, y cómo no, las Baleares, Ceuta y Melilla. Arderemos como en el 36, según los podemitas, pero lo haremos sin renunciar a nuestras creencias, costumbres y tradiciones.

En San Sebastián hay, para mí, una gran terraza vacía que fue la de nuestra infancia. Enfrentada a Igueldo y a la playa de Ondarreta, con la isla de Santa Clara deformada por su anclaje en diagonal y el monte Urgull guardando el muelle de los pescadores. La vivirán otros pero hoy es un vacío, porque no la concibo habitada por quienes no son los nuestros, y veo a mi padre preparado para navegar aunque las nubes cimarronas anuncien lluvias, nortazos y resacas.

En Ruiloba, cuando escribo, luce el sol y me invaden por la ventana los árboles de su paisaje, muchos eucaliptos, pero también robles, lauros, fresnos, castaños y nogales. Y naranjos y limoneros, estos últimos, según los entendidos, los mejores para el «gin tonic», por el grosor de la piel que rodea al fruto. Mis árboles de Ruiloba nacieron en gran medida en Mazcuerras, en el solar de Manolo Escalante y de su hijo Ricardo, y tienen un no sé qué de nobleza que los distingue.

Aquí, los visitantes, que aumentan cada año, son recibidos con los brazos abiertos y se funden en la normalidad de las maravillosas gentes montañesas, que no insultan, no protestan, no amenazan y no claudican. Hay una España rabiosa de aldea y de mentira, y otra, mucho más amplia, que se dedica a lo suyo cada día y se siente moderadamente feliz celebrando sus momentos.

El 15 de agosto marca el principio del fin del verano. Todo va cuesta abajo, hacia el fin de la felicidad plena que tan rápidamente se pasa. Y la mejor manera de disfrutar el día grande, es asistiendo a la Misa de Nuestra Señora, seguir el baile de los picayos, charlar en «El Ocho» con naturales y visitantes, después de haber compartido con toda Ruiloba la «Estrella de los Mares» y el Himno de España.

Como fue ayer, como es ahora, y como será siempre.

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