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Musas rancias

Tiempo de lectura 4 min.

19 de septiembre de 2017. 22:46h

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«Sin desobediencia no hay independencia». La máxima, que en otro tiempo quedaba circunscrita a eslóganes de grupos radicales que preocupaban lo justo, ha terminado por convertirse en el «leitmotiv» inoculado por la CUP a los principales actores del proceso soberanista catalán. El grupo independentista de extrema izquierda no dudó desde el minuto uno, mientras ponderaba la bandeja con la cabeza de Artur Mas, en dar el «sí» al alcalde de Gerona, sabedores de que Puigdemont era su «talibán» dispuesto a inmolarse. Ese fue el primer capítulo de un guión perfectamente marcado, con la burla al Parlamento del pasado 6 de septiembre como punto de arranque del «no retorno» y en el que, a la espera de otras sorpresas, ahora ha tocado desempolvar el arcón de los muñecos más diabólicos para darles cuerda y escucharles las más memorables frases del imaginario antisistema.

La rancias musas que en su «campaña» hacia el 1 de octubre está brindando la CUP a quienes tienen vista y oído –que no memoria– no dejan de aportar un nada despreciable componente sarcástico. Resulta que ahora el referente fuera de Cataluña en favor del «procés» es Arnaldo Otegui, ese individuo cuya banda, por si alguien no lo recuerda, se encargó de sembrar de pólvora y muerte a Cataluña y que a mayor gloria del insulto a la dignidad fue pieza clave en la «tregua» etarra solo circunscrita a esta comunidad ofrecida al en su momento líder de ERC Carod Rovira. Esta es la musa por la que había empujones hace días para hacerse un «selfie» en el acto convocado por la CUP.

Tampoco tiene desperdicio el otro «artista invitado» al aquelarre secesionista. «Viva Cataluña libre», «viva Andalucía libre» «viva...el planeta libre» profería Juan Manuel Sánchez Gordillo en otro acto organizado este pasado fin de semana en Santa Coloma por el grupo radical. El alcalde de Marinaleda, del que aún se recuerdan sus más recientes «gestas» promoviendo el asalto a supermercados desde su refugio bajo las siglas del sindicato andaluz de trabajadores y al que se le acabó por pillar con el «carrito del helado» a poco que se rascó en su estalinista gestión municipal, no duda en arremeter contra el «estado opresor» allá donde le escuchan, a la espera de que se descuelgue, –dado lo rentable del recuperado personaje– con que el ectoplasma en pena de Franco sigue moviendo hilos desde los oscuros pasillos y sótanos del Valle de los caídos.

Lo de Otegui y Sánchez Gordillo no pasa de ser un intento por hacerse –como en la «quedada» de Lavapiés– con las simpatías del radicalismo antisistema en otras zonas del Estado, pero lo realmente inquietante es la obstinación por dar un carácter irreversible a la crispación de la calle, otra vez buscando la imagen de una acción supuestamente represora a cargo de las fuerzas del orden. Y aquí surge la pregunta: ¿está dispuesta la sociedad catalana a ver en cuestión una renta per cápita de treinta mil euros que de momento la mantiene entre las privilegiadas de Europa? Pues hay quienes creen que sí.

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