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19 de marzo de 2017. 22:00h

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Alfonso Ussía 19/3/2017

Las diputadas de Podemos disfrutaban de unos días de vacaciones en Nueva York. Caracas o La Habana les dio pereza. El objetivo del viaje no está del todo claro. Para mí, que habían volado –en clase «Preferente» como es lógico–, para entrevistarse con Trump y decirle que las cosas no se hacen así como así, sino asá como asá. No les informaron con anterioridad al despegue del avión de la pista de Barajas que Trump vive en Washington, y no en Nueva York. Un disgusto cuando en el «Kennedy» neoyorquino se enteraron del problema de la desubicación. No obstante, una azafata les facilitó con todo detalle la relación de vuelos hasta Washington. Washington es una ciudad preciosa, pero con menos tiendas y restaurantes que Nueva York. Y ellas, con la excusa de regañar a Trump habían volado a Nueva York y reservado habitaciones en uno de los Hyatt de la Gran Manzana, un hotel modesto y popular con un precio asequible para las esforzadas diputadas de Podemos. Doscientos cincuenta euros por cada noche. Perfecto viaje, hasta el momento.

Intuyo que cenarían en un italiano. En Nueva York hay más restaurantes italianos que en el conjunto de Italia, y con toda suerte de ofertas. Desde los que un «gnocchi» cuesta –uno sólo–, cien dólares a los más económicos y populares. Cena rápida, cama presta para acostumbrarse al cambio de horas, y muy de mañana, las compritas. Unas vacaciones maravillosas y saludables, alejadas del duro quehacer parlamentario del Congreso de los Diputados. Y para colmo, muy bien vestidas y bastante monas, siempre que lo último no roce el delito del elogio de género.

Sucedió, durante el tercer día de estancia en Nueva York, que una llamada sacudió sus tranquilidades. Ya habían subido a la terraza superior del «Empire State» y paseado por el «Central Park» y la Quinta Avenida. Menos mal. Porque se les pedía desde Madrid que embarcaran en el primer vuelo rumbo a la Capital de España para votar a favor de los estibadores. Sus votos eran imprescindibles. Y las cuatro agobiadas turistas de Podemos, haciendo uso de su condición de parlamentarias, consiguieron cuatro billetes de vuelta –en «bussines class»–, con el fin de cumplir con su deber patricio.

El vuelo de retorno, angustioso en el fondo y agradable en la forma. Angustia por no llegar a tiempo, pero el servicio en la Clase Preferente inmejorable. En Turista viajaba la chusma. Al fin, sobrevolaron España. Y en cuarenta minutos alcanzaban la señal de Ocaña y comenzaba el descenso. Las condiciones meteorológicas no eran las mejores, y en lugar de aterrizar por los pantanos, Sacedón, y San Fernando de Henares, volaron hasta la Bola del Mundo y enfilaron la pista por El Molar, San Agustín del Guadalix, San Sebastián de los Reyes y al fin, Barajas. Y de ahí, con el «jet lugg» en sus cuerpos, al Congreso a votar. Llegaron a tiempo. Y ganaron en la votación. Qué alegría, abrazos, besos y hasta lágrimas a punto de cauce. Qué ejemplo de sacrificio y cumplimiento del deber.

No he tenido la fortuna de hablar con ellas, pero presumo que Nueva York les encantó. Se trata de una ciudad pasmosa, que pertenece a todos, la Capital del Mundo Libre. Lo último es lo que menos les atrajo a las chicas cuando programaron el viaje. Una de ellas votó a favor de La Habana y una playa caribeña en hotel sólo abierto a visitantes ilustres. Pero al final, por aquello de la curiosidad, Nueva York fue el destino elegido. Una de las cuatro, la que mejor habla en inglés, cuando le preguntó Irene Montero por sus impresiones, respondió: –«Irene, tienes que viajar con Pablo a “New York”. Es lo más».

Me gusta que conozcan mundo y viajen. Lo necesitan. Tres días en Nueva York –«New York» para la políglota–, son suficientes para asimilar la riqueza, la potencia y el resultado del individualismo. En los Estados Unidos, el único «colectivo» que existe es el del cine, y no es como aquí. Grandes figuras de la realización y la interpretación no forman parte del «Colectivo Meryl Streep», y siguen trabajando, produciendo e interpretando a sus anchas. Pero me estoy desviando a cerros más lejanos que los de Úbeda. Mi intención no era otra que elogiar la actitud de las cuatro diputadas de Podemos, que volaron en Preferente a Nueva York, se alojaron en un modesto hotel de 250 euros por noche y retornaron en Preferente a Madrid para votar a favor de la Estiba.

Extraordinarias mujeres, a mi entender.

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