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Parejas mixtas

Tiempo de lectura 2 min.

26 de agosto de 2017. 03:22h

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Más allá de mi empatía inevitable con Juana Rivas y de pensar que de ser cierto cuanto ella argumenta, es imposible pretender que entregue a sus hijos, con ultimátum o sin él, me angustia pensar lo expuesta que está la descendencia de las parejas mixtas.

Tener padres de dos nacionalidades resulta enriquecedor, pero también complicado: dos culturas, dos territorios, dos maneras de entender la realidad... Todo perfectamente entreverable hasta que aparece la melancolía del que está lejos de su patria, que suele tender a extenderse como las raíces de un baobab. Echar de menos el lugar de procedencia es irremediable y más cuando los amores se tuercen o, peor aún, se desquician y derivan hacia los malos tratos.

Si huir de un terreno peligroso pero conocido e incluso en el que se tienen puertas a las que llamar y tras las que esconderse es complicado, hacerlo de donde no existe más vínculo que la persona de la que se escapa debe de ser una proeza. Y luego, si se consigue, además, hay que dar por hecho que la Justicia propia, la de la casa del fugado, es muy posible que no sea la competente y que toque cuadrarse y acatar la Ley de ese país al que no se querría volver jamás. No sé qué pasará con Juana. Se me encoge el corazón al ponerme en su lugar. Pero me duele infinitamente más el alma entera si me meto en la piel de esos niños, los mismos que atan a unos padres pese a los kilómetros de distancia y que, en el mejor de los casos, un día podrán decidir con quién quieren estar y dónde quieren vivir.

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