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Por el imperio hacia Dios

Tiempo de lectura 2 min.

19 de mayo de 2017. 20:59h

Comentada
Mikel Buesa 19/5/2017

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Pertenezco a una generación que fue educada bajo eso que ahora los pedagogos y oficiantes de la didáctica denominan «adoctrinamiento escolar». Mi época formativa, en la que aprendí a leer y escribir, además de a unas cuantas cosas más, es la que se amparó bajo la consigna que difundió el pintoresco Sancho Dávila entre los reclutas de la OJE: «Por el Imperio hacia Dios». Lo cierto es que nunca supe muy bien qué era lo que eso significaba y que, pese a los esfuerzos de don Celedonio, mi profesor de latín y director del colegio –«Buesa, me decía todas las semanas cuando venía a clase a entregar las notas, hay que estudiar Falange»–, nunca logré aprenderme el «Cara al sol», aunque, tal vez porque entre mis tíos maternos hubo quienes combatieron con el Requeté navarro, sí me sabía el Oriamendi. La cosa es que, unos cuantos años después, acabé enamorándome de una madrileña que venía de familia falangista y conspiradora, sin que esto tuviera la menor influencia en nuestras opiniones políticas –que cuando nos casamos se ubicaban en aquello que mi padre, que era más bien de tradición liberal, solía llamar «la cáscara amarga»–. Y en eso estamos todavía.

He recordado estos orígenes al enterarme de la preocupación que le ha entrado a Ciudadanos por el problema de los libros de texto en Cataluña. Juan Carlos Girauta ha preguntado en el Congreso al ministro de Educación por el «adoctrinamiento político» que, como es notorio, se destila en los libros de Ciencias Sociales que se emplean en Cataluña, pues en ellos, señala Girauta con referencia a los catalanes, «se resalta lo que nos diferencia, se oculta lo que nos une y se presenta a Cataluña como una entidad separada de España». Ni que decir tiene que, como es habitual en él, el ministro Méndez de Vigo se ha salido por la tangente aduciendo que le faltan competencias, tal vez porque, con su pluriempleo gubernamental, aún no ha tenido tiempo para leerse un decreto de 1981 que le habilita, a través de la Alta Inspección, a «comprobar que los planes, programas de estudio y orientaciones pedagógicas, así como los libros de texto y demás material didáctico se adecúen a las enseñanzas mínimas y que éstas se imparten con observancia de lo dispuesto por el ordenamiento estatal».

Pero dejemos a Girauta y al ministro con sus preocupaciones y elusiones porque lo que la experiencia enseña es que la capacidad de la escuela para modelar ideológicamente las mentes de los escolares es más bien débil. Rafael Abella, en su impagable «Crónica de una Posguerra», cuenta que hubo un electricista que, animado por la consigna patriótica del momento, quiso rotular su establecimiento con un «Por el Amperio hacia Dios». Abella añade que hubo quien, por si acaso, le disuadió de hacerlo; pero lo verdaderamente relevante es que si el imperio pudo convertirse en reclamo eléctrico, la Cataluña de los libros de texto podrá acabar siendo el rastrojo de la geografía.

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