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Pregoneros

Tiempo de lectura 2 min.

03 de agosto de 2017. 00:48h

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En esos rincones de la memoria que están a salvo de las lecturas prescindibles todavía guardo el soniquete de «Pedrola». Con un volumen impresionante y las cuerdas vocales ajustadas donde otros arrancan por jotas hacía un recitado rítmico, nítido y rápido. El final, como el arranque, con la trompetilla de cuerno-latón reluciente. Los pregoneros con sus bandos fueron los ancestros de la radio. Los boletines informativos llegan después de las señales horarias, entonces (extiéndase hasta los «praecones» romanos) después de ese pitido de aviso con el que se rompe el silencio. Con su muerte se extinguió un servicio público que como las horarias de los campanarios han marcado y marcan los tiempos en esos lugares donde el tiempo no se cuenta en minutos, esos lugares donde podemos aparcar los relojes porque queda el tiempo. Esa memoria descarriada es el desván donde se buscan los trastos para moldear otros pregones. Los que la RAE deja en segundo lugar, los del «discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella». En estos días de verano las festividades arrancan con esas palabras en celofán con las que apretar el gatillo de la jarana. Aquí pasa como con las orquestas, si hay dinero se contrata alguien de fuera «con nombre» pero siempre se puede encontrar a alguien con raíces, con apellido. He subido a esos abuhardillados para recuperar retazos de infancia y pellejos de adolescencia, miradas de ahora y cegueras de antes. Me llamaron para hacer el pregón en Aranda de Duero. Allí nací, allí crecí y he tenido esos días de septiembre de música y jolgorio como un asidero permanente con mi tierra y mi gente. Agradecido siempre y en la búsqueda permanente de ese elemento vertebrador sobre el que tejer una trama emocional cuajada. El síndrome del «pregón en blanco» tiene tratamientos «wikipédicos» sobre usos y costumbres, monumentos, personajes, peculiaridades y ese hecho histórico que dio para un libro de tapa dura y algunos artículos periodísticos. Creo que si desnudamos toda la vestimenta ya creada y contada ese elemento que hace de los pueblos una conga infinita con baile caótico es la música. La música es nutriente, exordio y omega, éxtasis y convivencia. Así que para ir completando los silencios me voy a poner corcheas alfabéticas a ese folio con aroma de vino y cordero. Se hace «sabeeeeeeeeer» por sugerencia de la Señora Alcaldesa.... «piiiiii».

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