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Pride

Tiempo de lectura 2 min.

01 de julio de 2017. 22:57h

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María José Navarro 1/7/2017

Acaban ya los festejos del World Pride, es decir, el Orgullo Gay, es decir y según la nomenclatura moderna, el Orgullo LGTB. Bienvenidos hayan sido todos y tanta gloria lleven como paz dejan, porque se ha puesto Madrid algo insoportable. Como me ha dicho un amigo que ha asistido desde siempre a esta feria: Reina, yo ya me he reivindicado lo suficiente.

Hay alguna reflexión que hacer al respecto, no obstante, más allá de los semáforos de dos cogidos de la mano, más allá de los cortes de tráfico que han sido insufribles, más allá de los dineros que se ha dejado esta gente que es bastante y que a los comerciantes de la zona habrá hecho absolutamente felices.

Terminados los fastos quizá sería bueno que, para la próxima ocasión, alguien les indique a los discriminados que jamás se pueden igualar por abajo, es decir, que si lo que pretenden es que se les equipare con el resto, en meadas en la calle no es la mejor manera de conseguir la equiparación en derechos. Pero dicho esto, hay que avisar a los visitantes: no se confíen, que queda mucho.

Estos días en Madrid, cualquiera te pone en solfa que sea bueno para la ciudad y para su economía, cualquiera te dice que es un asco lo que se ve, cualquiera te comenta que hace falta menos libertad y más psicólogos. Porque, mis queridos niños, lo que se lleva es la homofobia y la misoginia. Es la nueva moda. El pendulazo.

En estos tiempos modernos, lo más práctico es sumarse a esa corriente que indica que lo mejor es lo menor, lo clásico, lo fundamental. Mejor no hacerse preguntas, no estallar botones ni cerraduras, ceñirse a lo de toda la vida.

Tanto para los que su opción sexual es diferente como para las mujeres que deciden que ya está bien de tanta bota oprimiendo nuestros cuellos. Durante estos siete días algunas conversaciones delatan lo que hay. Y no es bueno. Y no tienen la culpa los hermanos musulmanes. Al suelo que vienen los nuestros. Pues eso.

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