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Qué gran año

Tiempo de lectura 2 min.

26 de diciembre de 2016. 23:27h

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Julio Valdeón 26/12/2016

2016 fue el año del adiós. Adiós a Leonard Cohen, Prince y David Bowie, que murieron para dejarnos todavía más solos, mientras en España caía Manolo Tena y anteayer cogía otro taxi rumbo a la nada el bueno de George Michael. El poeta experto en mitologías, el duende púrpura y el gran camaleón hacían mutis, incapaces de aguantar un día más la deconstrucción de un planeta pop que ya sólo conserva el aire warholiano de reproducción mecánica y en cuyos salones cambiaron a las viejas estrellas por nenes monísimos que hacen de todo, desde vender camisetas hasta escribir paridas en Twitter, menos música. En Nochebuena, entre un tema de El Fary y el «Dirty old town» de los Pogues, pinchamos al Coro del Ejército Ruso entonando Kalinka. Horas más tarde el avión que los llevaba a Siria se estrellaba en el Mar Negro. Hablando de canciones en 2016 le dieron el Nobel a Bob Dylan. Equivocaron la categoría, aunque fue placentero asistir desde al palco al crujir de dientes de todos los pedantes que hay en el mundo, incapaces de explicar al bardo de Duluth más allá de los tópicos de segunda mano y esos discos de los primerísimos sesenta con los que creen conocerle. Menos mal que el Reino Unido nos alegró la vida con un referéndum digno de los Monty Python que acabó en tragicomedia, cortesía de un fantoche, David Cameron, que había fracasado en su objetivo nihilista cuando el referéndum previo por la independencia de Escocia. Pero tú convoca consultas y tarde o temprano arderás como un monje budista en Saigón. O lo pierdes o ganas el Nobel de la Paz. Incluso es muy posible que consigas las dos cosas al mismo tiempo. Dejo para el final, que es el principio, lo mejor de todo. En EE.UU., donde los mecanismos autocorrectores son tan robustos y los contrapesos impiden el avance del populismo y blablabá ganó las elecciones un Jesús Gil cruzado con Berlusconi. Lo primero que hizo nada más conocerse su victoria fue reactivar su presencia en las redes sociales y nombrar asesor a un ideólogo digno de KKK. Después ya todo fue cuestión de rellenar el gabinete con multimillonarios y generales. Le falta consagrarse de «youtuber» cada vez que quiera anunciar una guerra, pero denle tiempo. Como buen héroe del pueblo que gobierna por y para el pueblo que tanto me quiere y al que tanto quiero, Trump no ha jurado el cargo y ya perfila una política en la que cabe cualquiera menos el pueblo. De Maduro a Putin triunfa el fondo de armario belicista de unos líderes que entienden el ejercicio del cargo a base de cosificar a la mitad de sus ciudadanos al tiempo que convocan a la otra parte para que cante su ego y celebre sus pifias. Con semejante panorama podrían creer que estoy triste. Al contrario. Soy periodista. Trump permitirá escribir columnas a un ritmo nunca visto desde la Crisis de los Misiles. Otra cosa es que sobrevivamos, pero la diversión tiene un precio y si bebes no conduzcas.

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