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Radical

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16 de septiembre de 2017. 21:42h

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María José Navarro 16/9/2017

Mi admirado Jorge Crespo Cano dibujaba ayer una preciosa viñeta donde aparecía un niño del Atleti con su papá de la mano. Estaban en la línea 5 del Metro de Madrid y sus pasos iban en direcciones opuestas. El crío hacia Canillejas y el padre a Pirámides. El nene feliz, el papá nostálgico, dejándose llevar por la inercia de cincuenta años de alegrías, de compañías, de estufas humanas sentadas pegaditas. Mi admirado Jorge me hizo acordar de mi padre. No me dejó muchas cosas buenas, ni siquiera muchos buenos recuerdos, pero ayer le tuve tan presente como siempre. De los pocos detalles felices que tuvo fue hacerme del Atleti y llevarme de la mano al Calderón, ese campito recoleto y lindo que posee hasta un microclima propio, ese que propicia que broten plantas en los asientos y que hasta en agosto haya hecho fresco en el minuto veinte de la segunda parte, pero donde nos hemos dado calor sin ayuda de un speaker. Ayer me perdí el estreno de la que, estoy convencida, será mi próxima casa. Y lo será a fuerza de empeñarme en cogerle cariño, de olvidarme de pillar la línea 5 en dirección a Pirámides, de cabezonería, a base de pensar en que quizá no haya otra, que ya no tiene remedio. Pero me va a costar. Entre un amor y el siguiente siempre debe haber un tiempo de duelo y así lo entiendo yo para todos mis afectos. Sobre todo, porque ese campito a la orilla del río se murió de inanición, no de viejo, se fue apagando porque Cerezo y Gil Marín quisieron, se fue marchitando porque florecían otros negocios y ante eso, ay, ante eso, amigos, estos dos afilan colmillos. Pero iré, claro, acudiré un miércoles de diciembre, a las tantas, con frío, a un partido de Copa contra un Segunda B y seguiré acordándome del Calderón, de todas esas tardes y noches donde jamás me sentí sufridora ni gilipolleces parecidas. Y no me llamen nostálgica ni antigua porque ahora a los nostálgicos, a los antiguos, a aquellos a los que nos costará pasar ante la placa de Hugo Sánchez sin vomitar, se nos denomina radicales. Así que no se equivoquen conmigo que soy radical y ayer me pedía el cuerpo serlo y me quedé en mi casa, cerquita del Calderón. (Pd: A los atléticos entusiasmados con el nuevo Metropolitano, mi abrazo y mis mejores deseos de felicidad compartida)

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