José María Marco

Retórica soberanista

La Razón
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El Gobierno británico ha tardado poco en desdecirse del proyecto de pedir a las empresas del país las listas de sus empleados para tener bajo control a los trabajadores extranjeros. No era muy difícil de prever. Un solo ejemplo: la prensa británica ha recordado que las instituciones europeas pusieron 49,7 millones de libras para la construcción del recinto en el que Theresa May pronunció su inflamado discurso de independencia. Fue Jacques Delors, francés y socialista, quien colocó la primera piedra.

La ironía remite a una de las cuestiones de fondo que se debaten en la puesta en marcha del Brexit. Theresa May parece haber optado por un Brexit duro, que devuelva a Gran Bretaña su soberanía. Apela a una Gran Bretaña «global», capaz de volver a cumplir un gran papel en el mundo sin las ataduras que imponía la burocrática UE. Al revés, ahora Reino Unido va a hablar de tú a tú a los europeos. Los británicos se reivindican frente a lo ajeno, como si lo propio y lo de todos fuera incompatible. En la realidad, todos dependemos de todos y la dicotomía excluyente entre «patria» y «cosmopolitismo» ha sido siempre la imagen de marca de los nacionalismos.

En cuanto a los extranjeros, de aquí a tres años el 80 por ciento de los residentes en Gran Bretaña tendrán derecho a pedir la nacionalidad. Antes que eso, nadie sabe cómo Gran Bretaña podría sustituir a los centenares de miles de trabajadores extranjeros, muchos de ellos cualificados, que viven allí. Lo peor que les podría ocurrir a los orgullosos, o más bien cínicos brexitianos, es que estos trabajadores les cogieran la palabra y se fueran. Los trabajadores no pueden hacerlo, pero sí lo han empezado a planear empresas multinacionales. Desde el discurso de May, la confianza de los mercados se ha desplomado con la consiguiente caída de la libra. Tampoco está claro que una vez concluido el proceso de recuperación de la soberanía, Gran Bretaña tenga acceso a más mercados que aquellos a los que ha tenido acceso hasta ahora como miembro de la Unión.

Seguramente Theresa May lo sabe mejor que nadie, pero mientras gana tiempo asistiremos a una larga serie de gestos cada vez más excéntricos –esa antigua y melancólica tradición británica– y cada vez más irrelevantes. La retórica nacionalista, siempre cargada de matices excluyentes y racistas, sirve para eso, para quedarse uno cada vez más solo.