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Retrato del ser heterodoxo

Tiempo de lectura 2 min.

25 de abril de 2017. 21:23h

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No ha de resultar extraño que la propuesta de un fotógrafo como Alberto García-Alix para la sección «Carta blanca», de PhotoEspaña, sea el comisariado de una exposición que lleva por título «La exaltación del ser. Una mirada heterodoxa». Y no ha de serlo porque, en este título, aparecen contenidas las claves y la esencia de su labor fotográfica.

García-Alix, en efecto, constituye uno de los autores más hipercodificados del arte español contemporáneo a causa principalmente de su reducción a etiquetas y lugares comunes como, por ejemplo, el «fotógrafo de la Movida». Además, su inconfundible estilo –fundamentado en el retrato en blanco y negro y sin apenas aditamentos– parece homologar su obra mediante una estética monocorde de la que no cabe esperar sorpresa alguna. Sin embargo, si se atiende con detenimiento a su amplia producción, la primera e incómoda cuestión que emerge es la tensa paradoja sobre la que García-Alix sustenta su aproximación a cada individuo: de un lado, cierta tendencia al exceso y a la exageración caracterizadora; y, de otro, una contención emocional que raya en la frialdad y en la exposición gélida de las identidades.

Como consecuencia de esta oscilación continua entre lo obsceno y lo inhibido, lo teatral y lo hermético, ha ido consolidando una idea de retrato basada fundamentalmente en el desacomodamiento del ser de sus personajes. O formulado en otros términos: aunque la persona retratada fuera célebre y se le presuponiera una cierta identidad fácilmente reconocible, García-Alix, sin mayores efectos ni tramoyas, quebraba todos los caminos rectos hacia ella y ofrecía de su ser una visión extravagante, fuera de lo usual, heterodoxa.

En realidad, esta búsqueda de lo extravagante que subyace en lo común, en lo previsible, constituye su gran aportación a la cultura española contemporánea: él, mejor que nadie, ha sido el encargado de detectar y hacer emerger una «subjetividad otra», por la que los nuevos tiempos de libertad adquirían concreción y se transformaban en realidad pura y dura. En una época de grandes y excesivos gestos como la de los 80, supo detectar el nuevo ser de España en los matices, en los requiebros que dinamitaban los recorridos previsibles y manoseados. La suya, desde luego, ha sido una exaltación del ser heterodoxo.

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