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Se fueron los últimos

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24 de agosto de 2017. 21:00h

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Lucas Haurie 24/8/2017

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Los últimos en tomarse las vacaciones eran, a principios de julio, trabajadores para los que el verano apenas si suponía una revisión al alza de las temperaturas. Tres semanas después, con el regreso de los pioneros, recién ida la vanguardia de la Virgen del Carmen y con las levas agosteñas acopiando bermudas, rumiaban sin disimulo la estupidez de su elección y ese lamento era purito Síndrome Burnout con el Ferragosto a la vista, cuando concluyeron que el pescado estival se había vendido hasta agotarse durante las seis semanas en las que ellos llevaban acumulando sudor y esa desasosegante sensación de provisionalidad que dejan las oficinas semivacías. Hoy, con septiembre a la vuelta de la esquina, son objeto de la envidia general. Aquella llamada al caer la noche, «por si estás aquí y te apetece una tapita», es ahora un mensaje tal vez beodo: «Dice La Gaceta de Salamanca que hay excedente de lentejas» o «he ido a ver el partido del Sevilla en un bar de Estocolmo que está lleno de turcos». Hay dos clases de trabajadores fuera de concurso, que igual coinciden hoy mismo en un tren cruzando la Península Ibérica de suroeste a nordeste. Los docentes perdieron de vista a su odiosa clientela el veintipocos de junio y no se la reencontrarán hasta mediados del mes próximo, después de dos semanas de aterrizaje suave en el tajo. Los autónomos pasan la estación con el portátil a cuestas, ese despacho itinerante del que nunca pueden separarse ni tal vez tengan ganas de hacerlo, porque es preferible estar 365 días atado a un ordenador que once meses aguantando a un jefe. En efecto, tampoco se van a librar de mí esta semana.

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