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Seguridad y atentados

Tiempo de lectura 4 min.

01 de septiembre de 2017. 23:17h

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Mikel Buesa 1/9/2017

Con ocasión de los recientes atentados yihadistas en Cataluña se han emitido desacertadas opiniones acerca de la relación entre la política de seguridad y las acciones armadas de los terroristas, en general para minimizar los fallos de los Mossos D’Esquadra o para negar que, de no haber existido, el resultado –o sea, la matanza de Barcelona– hubiese sido el mismo. Quienes así piensan conceden a los terroristas una aureola de infalibilidad y exhiben un fatalismo que hace inútil cualquier resistencia al terrorismo. Ambas cosas son falsas y no se compadecen con la experiencia acumulada desde hace ya muchos años, pues si algo muestra la historia es que a las organizaciones terroristas se les puede vencer y que éstas casi nunca –pues hay alguna excepción– han alcanzado sus objetivos.

Pero vayamos a la relación que se establece entre la seguridad y los atentados. Los estudios en esta materia muestran que las formas en las que se concretan los incidentes terroristas dependen esencialmente de las capacidades humanas y tecnológicas de que disponen los terroristas, por un lado, y de los medios de seguridad activos y pasivos con los que los gobiernos tratan de impedir su acción. En consecuencia, si aquellas capacidades aumentan, lo hace también la probabilidad de éxito de una acción terrorista; pero también es cierto que si estos medios de seguridad se incrementan y se adaptan a los riesgos reales, entonces esa probabilidad disminuye. El ejemplo clásico de esto lo proporciona el trabajo que publicó William M. Landes a finales de la década de los setenta en el que se mostraba que la instalación de detectores de metales en los aeropuertos norteamericanos –el primero entró en funcionamiento el 5 de enero de 1973– condujo a la reducción del número de secuestros aéreos. Ciertamente eso no significa que los detectores acabaran con el terrorismo, pero sí que obligaron a las organizaciones armadas a buscar otras técnicas para cometer atentados. La lucha contra el terrorismo es, en este sentido, un tira y afloja, un proceso adaptativo en el que todos los actores necesitan aprender de la experiencia para vencer.

En el caso de Barcelona y Cambrills hubo elementos –básicamente tres: que no hubiera seguimientos policiales al imán Es Satty, a pesar de sus antecedentes; el error en la identificación del origen de la detonación de Alcanar; y la ausencia de bolardos– que favorecieron a los yihadistas, aumentando su probabilidad de éxito. A ellos habría que añadir, con posterioridad a los atentados, la pérdida de información que se derivó de la muerte de los seis terroristas abatidos por los Mossos –seguramente con escaso respeto hacia el ordenamiento jurídico, como ha mostrado el profesor Coque en estas mismas páginas– y que en nada coadyuvará a prevenir futuras acciones armadas. Por eso, cuando los mandos de los Mossos se escudan en supuestos agravios de las instituciones del Estado para eludir el análisis de sus propios fallos, lo que hacen es empeorar, en vez de mejorar, su capacidad policial frente a la yihad terrorista.

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