Alfonso Ussía

Ser griego

La Razón
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Ser griego, nacer griego, además de un orgullo es un chollo. Orgullo por lo que representa descender del origen de la civilización occidental. Me siento más romano que ateniense, pero Roma es consecuencia de Atenas. Ser griego, nacer griego, es llevar por todos los paisajes la cultura, el arte, el parlamento, el derecho, la arquitectura y el prodigio. El prodigio en general. Pero el tiempo todo lo derrumba. Grecia no se ha movido. Grecia es profundamente respetuosa con el esqueleto incomparable del Partenón. Grecia ha vivido siempre de sus restos. No los hay en el mundo como los suyos, aunque los romanos se mantengan y los atenienses se desmoronen. Grecia es una nación que ha despreciado siempre la igualdad. No tuvo Renacimiento, ni modernidad, ni tranquilidad neutral para observar las guerras que tanto le gustó protagonizar. Grecia es la tenaza de Europa con el mar que alcanza las tierras de Asia. Turquía, su tradicional enemiga, es Asia en su alma, y musulmana, y más moderna que Grecia porque supo crear, en el XIX, una red industrial compleja y fructífera. Grecia se quedó en el Partenón. Pero Europa no puede despreciar a Grecia porque Europa es el resultado de Grecia. La Medicina, la ciencia y la comprensión entre los pueblos viene de Grecia. Pero también, a pesar de Grecia.

Grecia se ha acostumbrado a vivir de los demás. Su economía es la síntesis de la chulería. Esa sociedad sin clase media, sin industria –exceptuando el turismo– y sin decoro, ha aceptado su condición de chupóptera de un sistema. Recibo y no respondo. Me financian y no devuelvo. En Grecia se ha establecido un régimen comunista que intenta esconder en sonrisas y gestos populistas la gravedad de su degradación. Grecia, y es doloroso escribirlo, hoy no sólo es nada, sino menos que nada. El dinero responde a unas medidas de control. Cuando esas medidas se saltan, el dinero se convierte en papel sin valor alguno. Grecia ha gastado infinitamente más de lo que produce y de lo que ha recibido en concepto de préstamo. Y no puede pagar. Su Gobierno, similar al que los estalinistas de Podemos impondrían en España, ha recurrido al honor griego, al orgullo nacional. Lo único que les queda. Detrás de ese orgullo no hay nada, porque sus gobernantes – y especialmente los que ahora tienen la responsabilidad de garantizar el futuro de Grecia–, son unos golfos desalmados, manipuladores, mentirosos y derrochadores de un dinero que no les pertenece. Y ya no hay dinero. El dinero de verdad no les llega, y siempre les quedará la solución de retomar el viejo «dracma» y llenar de billetes sin soporte los bolsillos malogrados de los griegos. Lo hicieron los nazis y los comunistas. Crear un dinero sin contenido y alejado del principio fundamental del Patrón Oro. Busquen en los catálogos filatélicos. Alemania llegó a imprimir sellos de correos por más de dos millones de marcos. El dinero era papel inservible. Y hacia ese lugar se encaminan los griegos.

Lo escribí un año atrás. Quiero ser como los griegos. Quiero recibir un préstamo bancario y no devolverlo porque no me sale de las gaitas. Quiero tener el privilegio de acudir a la agencia bancaria que me ha concedido el crédito y no sólo negarme a negociar los plazos de su devolución, sino permitirme el lujo de insultar a quienes me han prestado el dinero. A eso se dedica Varufakis, que vive muy bien, el Monedero de Atenas. A eso se decanta el Coletillas, tan estalinista como el encantador Tsipras, aunque menos encantador. Si Grecia se va, se producirá una crisis moderada en la economía europea. Nada más. El Partenón es una joya. Pero no cubre el aval.