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Sin mano izquierda

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02 de junio de 2017. 01:19h

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No pudo, y tal vez no supo, limpiar un organismo altamente contaminado. Poco después de conocerse su dimisión, éste era el análisis de un grupo de diputados, juristas y periodistas en un restaurante cercano al Congreso. Esperada, pero polémica, llegó la noticia de la salida de Manuel María Moix Blázquez como fiscal Anticorrupción. Un profesional de prestigio, a quien el vendaval político y su propia torpeza se han llevado por delante. «Si no hubiera callado, habría seguido», decían algunos de sus colaboradores con estupor. ¿Era consciente de la repercusión de esa casa familiar fruto de una herencia? ¿Por qué no se lo contó a su superior, José Manuel Maza? ¿Le faltó tacto para lidiar con un grupo de fiscales rebeldes que iban a por todas? ¿Por qué no aplicó medidas disciplinarias a quienes le segaron la hierba desde su llegada al cargo? Muchas preguntas y escasas respuestas.

En el PP y el PSOE hay coincidencia: Moix es un buen jurista, un fiscal de dilatada trayectoria a quien una piedra en el camino le ha truncado la imagen de su carrera. Hijo de un catedrático de Derecho del Trabajo, estudioso siempre de leyes, tímido y riguroso, acumula más de treinta años de servicio desde que tomó posesión en su primer destino, la Audiencia Provincial de Ciudad Real. Allí arranca su destino nacional, cuando el entonces ministro de Justicia, Ángel Acebes, le nombra fiscal de la Secretaría Técnica de la Fiscalía General del Estado, siendo titular Jesús Cardenal. Otro ministro del PP, José María Michavila, le designa fiscal jefe de la Comunidad de Madrid, donde ejerce en temas espinosos como el caso de Rodrigo Rato y Miguel Blesa en Caja Madrid, el escándalo del «Madrid Arena» o el carril bus de Aguirre, entre otros.

Tras el cese de Consuelo Madrigal, una mujer conciliadora pero de escaso carácter para poner orden en un organismo «envenenado», según muchos fiscales, la figura de Moix emerge como una especie de bisturí desinfectante, aunque calculó mal la jugada. «Entró como elefante en cacharrería cuando nadie le quería», opinan fuentes de la Fiscalía quienes, no obstante, ven en la ocultación de la sociedad panameña el origen de su dimisión. El patriarca de los Moix había trabajado varios años en Iberoamérica, dando clases en universidades y foros académicos. Tal vez de entonces vino la adquisición de la finca serrana a nombre de una sociedad en Panamá, que ahora le ha catapultado. En su entorno afirman que todo está en regla, pero que Moix no estaba dispuesto a un linchamiento a costa de mantenerse en un cargo cuestionado.

Hombre muy afable en el trato personal, culto e ilustrado, lector empedernido de los clásicos, Platón y Virgilio en cabeza, en su etapa como fiscal jefe de Madrid mantuvo buenas relaciones no sólo con dirigentes del PP, sino también de otros grupos de la oposición. En el PSOE siempre le respetaron y, de hecho, su nombramiento fue bien acogido. «Os gustará lo que voy a hacer», les dijo a un grupo de diputados socialistas como prueba de sus objetivos. Pero una torpe mentira se lo ha impedido. Nadie puede negar que, aun siendo legal, sus vínculos en Panamá eran una mancha para un órgano que pretende ser ejemplificador. Aunque muchos ven en esta maniobra un órdago de un grupo de fiscales indómitos que, en opinión de destacados juristas, debería revisarse de inmediato. «Moix es la víctima y sus verdugos siguen con la guadaña», afirman fuentes del sector.

Lo cierto es que Manuel Moix es hoy ya un árbol caído. El limpiador que no pudo ser y que sale por la puerta de atrás bajo una sombra de paraísos turbios. Gran ironía del destino para quien estudió Derecho con avidez, sacó el número uno y abanderó las causas justas contra la corrupción. Unos le acusan de silente embustero, otros de tibio y muchos de excelente profesional sin mano izquierda. Con la que está cayendo, nunca mejor dicho.

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