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Streep

Tiempo de lectura 4 min.

11 de enero de 2017. 21:51h

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Alfonso Ussía 11/1/2017

Cuando me hablan de Meryl Streep siempre me la figuro de danesa en África. Interpreta un gran papel. Como Robert Redford, que estaba en su esplendor. Pero los mejores actores de la película son los animales que huyen despavoridos de las sombras y el ruido de los motores del avión. Y está la música, mejor aún que los animales. Y la realización y la fotografía. Por otro lado, la señora Streep, multimillonaria gracias a las jirafas, las cebras y la música de «Memorias de África» tiene fama de ser muy impertinente, exigente y militante. Antonio Burgos la compara con Pilar Bardem, pero es otra cosa. La de aquí es una actriz de segundo orden con muchas oportunidades perdidas y sin suerte. Y la de allí es también de segundo orden, pero ha sabido aprovechar como nadie la belleza de las gacelas impala y el rugido de los leones. Y se emociona con soltura, lo cual no puede ser difícil, porque los actores se emocionan bien con mucha frecuencia. Otra cosa es que emocionen al público, milagro que la Streep consigue en su película africana. El contagio de la sífilis de su marido, el incendio, y el mayordomo masai también ayudan.

En lo que sí se parecen los actores americanos y los españoles es en la dimensión de sus ombligos. No salen de ellos. El mundo se divide en dos tipos de personas. Los actores y los demás. Y siendo, como son, unos meros intérpretes de lo que han escrito otros, se aventuran a conquistar los predios de la cultura y la intelectualidad. Mencken no sentía admiración por Hollywood. «Este lugar es el verdadero y original agujero del culo de la creación. Los perros que hacen películas, comparados con el resto de la población de aquí, parecen realmente pertenecientes a la vieja nobleza italiana».

Trump, guste o no guste, nos guste o no nos guste, le ha ganado a Hillary Clinton las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Pero la señora Streep no lo acepta. Y Hollywood tampoco. David Niven, el grande y culto actor inglés, decía que Hollywood es como estar en ninguna parte y hablar con nadie acerca de nada. Cuando terminó su primera película, después de verla en un primer pase privado, el director y el productor le dieron una mala noticia. «Tenemos que doblar su voz, señor Niven. Habla un inglés demasiado bueno para triunfar aquí». En los Estados Unidos, al menos existe Hollywood, mientras que aquí no existe nada, excepto la vanidad. Están los «Goya», que se reparten entre los partidarios de la «ceja», aunque disimulen de cuando en cuando concediéndoselo a una vieja gloria. La capacidad intelectual de muchos actores famosos se resume en el discurso de la Streep, de los Bardem y de Trueba. La Streep ha venido a decir que mucho cuidado, Trump, que ella no le va a pasar una. Y la ovación fue clamorosa. Lo mismo que el cómico español que al recoger su «Goya», reconoció su alegría por haber recibido ese premio de la cultura y se lo dedicó a su amigo: «A mi amigo, Manolo, ¡cojones, Manolo!, que lo vamos a pasar de puta madre». Y la cultura aplaudió encandilada.

Trump ha dicho que la señora Streep está sobrevalorada. No entro en los ámbitos de la crítica cinematográfica, que no me interesa. Para mí, que casi todos los actores y actrices del mundo están sobrevalorados, sobre todo, por ellos mismos. La señora Streep ha demostrado que puede hacer un gran papel en una película con la ayuda de Robert Redford, la música, la fotografía, las jirafas, las gacelas, los leones y el mayordomo masai o watusi. Un buen guión extraído de una novela aceptable también ayuda. Pero sin guión, la señora Streep es de una vulgaridad demoledora y transportista permanente de una inmodestia radical. Le guste o no le guste, Trump será a partir del 20 de enero, su Presidente. Porque ha ganado, sencillamente, porque ha ganado.

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