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Tontos inútiles

Tiempo de lectura 2 min.

04 de septiembre de 2017. 22:31h

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Las historias tristes venden, aunque no así los finales tristes. El mundo entero se puede movilizar apoyando al protagonista de una jugarreta del destino, a la víctima de una injusticia, y cuando hay niños de por medio, la movilización se multiplica. El sentimiento de solidaridad nos hace sentir bien porque hace que nos asentemos en el pensamiento de que la raza humana no está del todo echada a perder. O, al menos, eso nos hacen creer. Y mientras parezca real, nos vale. El problema viene cuando nos cuentan una historia que hacemos nuestra y a la que nos aferramos sin ir más allá. No profundizamos, no preguntamos, no queremos saber más que lo justo: nos subimos a la ola de apoyo, una frágil solidaridad confeccionada por otros que aceptamos sin más, convirtiéndonos en tontos útiles. Entre la conciencia colectiva, ese cúmulo de recuerdos ajenos que la vida nos va inyectando en la memoria como si fueran propios, y las manifestaciones emotivas, tenemos la sociedad al borde de la embolia. Es propio de la condición humana solidarizarse con situaciones que nos encojen el corazón, pero la mayoría de las veces nos inducen a ello de manera interesada y prefabricada: no es la realidad lo que nos emociona, sino el celofán en el que nos envuelven esa supuesta realidad. Y quienes se encargan de confeccionar los envoltorios cada día son más y mejor organizados; ya no solo son los medios de comunicación, sino las redes sociales. En un titular o en 140 caracteres son capaces de explicar el Holocausto o la Primera Guerra Mundial, y lo peor es que comulgamos con ello. Con un sencillo hastag crean un estado de opinión que adoptamos como propio y que muda rápidamente en opinión pública, aunque ese sentir es altamente voluble y nace con una fecha de caducidad finiquitada. Vivimos rápido, nos informamos rápido y opinamos rápido, y así nos llevamos los sustos que nos llevamos. La historia de un matrimonio, de una familia, del secuestro de un menor, de una muerte o de una desaparición requiere un conocimiento mayor que el vertido en un tuit o en una pieza informativa. Quizá así no convertiremos en víctimas a los verdugos y a los verdugos en víctimas, y evitaríamos ser tontos útiles.

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