Fichajes

Un catarí en mi vestuario

La Razón
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Vaya por delante que no cometeré el imprudente error de establecer relación alguna entre la procedencia de algunos dineros y su destino final cubriendo el pago de multimillonarios fichajes del mundo del fútbol. Una cosa es que varios países árabes acabaran por romper recientemente relaciones con Catar a quien se acusa de laxitud en la lucha contra el terrorismo islamista tras el demostrado currículum de este inmensamente rico Estado gasístico de apoyar a movimientos radicales surgidos tras la «primavera árabe» y otra muy distinta –se entiende– es que fondos como el «Qatar Investment Authority» propietario del club de fútbol parisino PSG, tengan sus razones para gastarse 220 millones de euros en el fichaje de un jugador y además puedan ejecutar la operación como el que paga una carrera de taxi haciendo saltar por los aires unos equilibrios en el deporte rey que, dicho sea de paso, ya estaban bastante tocados.

El cuento si alguien no lo remedia –y ese alguien no puede ser otro más que la Unión Europea– es otro muy distinto a todo lo que conocíamos. Ya no hablamos de potenciales derivados del número de socios, de la venta de camisetas o de los derechos televisivos, sencillamente unos potentados que muy probablemente le pegaron muy pocas patadas a una pelota en el patio del colegio, se compran el invento con el «pack» completo, eso es todo. No parece que se vislumbren muchas intenciones de brindarle a la afición parisina el obsequio de un gran fichaje como el de Neymar, muy al contrario la «mercancía» podría haber colmado un puntual regalo de cumpleaños como quien compra un collar de diamantes.

El fenómeno de la irrupción en el mundo del fútbol de oligarcas asiáticos y de jeques árabes no es nuevo, pero ha sido ahora, con el «caso Neymar», cuando a más de uno le han aflorado los colores. En España se crearon las cláusulas de rescisión en la constancia de que clubes rivales, por millonarios que sean, difícilmente se lanzarían a pagar las más desorbitadas, pero resulta que ahora ya sí hay quien lo hace y eso destroza todos los equilibrios, por no hablar de la burbuja de una inflación que, abierta la veda, propicia el pago de decenas de millones de euros por auténticos «tuercebotas».

Lo de la irrupción de las televisiones en el fútbol supuso un cuerno de la abundancia para todos, eso sí, pésimamente repartido sobre todo en España, donde a unos históricos se les exageró la condición de grandes mientras a otros se les minimizaba, y es ahí donde se empezó a enterrar ese «fair play». Lo de ahora sin embargo es más inquietante. La esencia del fútbol son terrenos de juego con olor a tierra mojada, el lunes en la cafetería del trabajo, el bocadillo en el descanso, la sonrisa del niño llegando al colegio cuando su equipo ha ganado, el éxtasis que te hace abrazar a un desconocido, la «pachanga» de barrigas con amigos coronada con unas cervezas, el vaho del vestuario... y ahora, nuestro amigo el catarí.