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Una bomba de relojería

Tiempo de lectura 4 min.

15 de enero de 2017. 03:05h

Comentada
Inocencio F. Arias 15/1/2017

Donald Trump fue fiel a sí mismo en su muy cacareada rueda de prensa, pensemos que casi 300 profesionales de la información acudieron a cubrirla y fue transmitida en directo a Gran Bretaña, Alemania y Australia.

El presidente electo fue hábil en dedicar poco tiempo a las preguntas peliagudas, admitió algo que supuso titulares por ser un giro en sus declaraciones – que fue probablemente Rusia, y su «amigo» Putin, quienes espiaron al Partido Demócrata en la campaña electoral–y no vaciló, prisionero de su personaje, en tener un altercado con un periodista y en meter un rejón a la actriz Meryl Streep.

Su choque con el periodista de la CNN, algo poco presidencial según los críticos de Trump, no debe tener precedentes en la historia política de Estados Unidos. Cuando Acosta, el representante de la cadena, le pedía insistentemente la palabra para hacerle una pregunta, Trump no vaciló en espetarle: «No, usted no va a hacerme ninguna pregunta porque ustedes sólo propagan noticias falsas». ( La CNN es el único órgano serio que se había de alguna forma hecho eco de los rumores sobre los contactos y las correrías de Trump en Rusia, algo que no está confirmado). Era insólito.

Los políticos evitan mirar, en una rueda de prensa, al periodista incómodo que quiere interrogarle, pero es desusado que le sostengan la mirada y lo descarten expresamente. Fue poco convencional de parte del presidente electo pero, en contra de lo que se cree y se escribe en nuestro país, el incidente no ha empañado la imagen del político. Los que apoyan a Trump en este tema, que no son pocos, sostienen que la cadena lleva dos años fustigándole y aplaudiendo a Hillary Clinton. Bastantes se regodean con que alguien tenga los pantalones de pararle los pies a un periodista.

El político siguió, peligrosamente, divagando sobre cuestiones relativas a su fortuna. No publica su declaración de la renta, sostiene que a la gente no le interesa, sólo a los periodistas, lo que sólo es parcialmente verdad, y puede que esté entrando con aplomo en un campo de minas al definir cómo va a ser gestionado ahora su imperio económico. La práctica y la interpretación rigurosa de la Administración yanqui sostiene que el político debe depositar todos sus bienes en un «trust» gestionado por administradores independientes y no por alguien que dependa de él. El millonario quiere desentenderse del tema pero que lo administren dos de sus hijos. Esto es una bomba de relojería.

En terrenos puramente políticos empieza un poco a rebobinar. Por ahora, apunta, el muro con México será pagado inicialmente por EE UU, no se va a intentar procesar a Hillary Clinton y la devolución de los doce millones de emigrantes ilegales parece archivada. Sus nombramientos apuntan asimismo a cambios de postura. Son muchos de ellos, como se dice aquí con horror, millonarios (allí eso no es pecado), pero parecen hombres con personalidad, nada palmeros, en definitiva. El laureado general propuesto para secretario de Defensa, por ejemplo, ha manifestado enfáticamente en el examen en el Senado que hay que tener cuidado con Rusia y con Putin, quieren crear problemas a Washington y «romper la OTAN». Ha recalcado que en un régimen democrático, la primacía de los civiles sobre los militares ha de ser obvia. El poco trumpista «The New York Times» dice que hay que dar crédito a Trump por éste y otros nombramientos de personas que sostienen puntos vista, sensatos para el periódico, y que difieren de las proclamas de Trump. El archimillonario Tillerson, a cargo de Exteriores, ha hecho ya correcciones al jefe y no parece muy entusiasmado con Putin.

¿Será el cocktail digerible o una mezcla explosiva? Trump seguirá largando e inquietándonos. El uso del poder y los que lo rodean, ninguno de ellos mediocre según tirios y troyanos, moderará inevitablemente sus impulsos y sus querencias. ¿ Hasta qué punto? Aún no lo sabemos.

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