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Vaciarse de complejos

Tiempo de lectura 4 min.

25 de septiembre de 2017. 03:32h

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Tomás Gómez 25/9/2017

La represión que la dictadura ejerció sobre algunos territorios, sin duda, ayudó a construir un relato cuasi épico de las ideas nacionalistas que se fue terminando de forjar con otros elementos que han sido utilizados como argumentos para la autodeterminación.

En el caso de Cataluña, en el ámbito económico, la actitud de la burguesía catalana favoreció la consolidación industrial y comercial de la región. En lo político, es indudable que la aportación catalana en la transición fue determinante.

Se abrió un tiempo en el que España se ensanchaba, se abandonó la idea de un Estado uniforme, para adoptar la idea de la España ancha y rica culturalmente, la de las cuatro lenguas y la diversidad como valor de definición de país.

Sin embargo, el separatismo ha repetido hasta el aburrimiento, como un mantra, todos los tópicos del nacionalismo más obtuso, con tintes racistas y de desprecio por la clase, llevándolo hasta extremos fronterizos con la defensa de la supremacía cultural.

En su relato centrifugador del Estado han establecido dos bandos: por un lado, el «nosotros», una sociedad industrial, educada, el «seny» catalán frente a los excesos del resto de los otros. El marchamo de progresista y honesto frente al resto ha sido una de sus habilidades en la construcción del discurso político.

Por otra parte, se han esforzado en dibujar al resto del país con tintes de poca productividad y solvencia, vagos que viven del esfuerzo y la contribución de ellos, constituyendo una maquinaria político-económica que lastra sus posibilidades de futuro. Es decir, se han sentado sobre la idea del antagonismo «nosotros frente a ellos».

La izquierda española ha abordado con incomodidad su discurso y su posición. Desde la transición democrática, el PSOE se ha debatido entre los límites al independentismo y el reconocimiento de los hechos diferenciales de las tierras de España.

Contraponer ideas a algunas reivindicaciones o a ciertas acciones generaba el riesgo de ser absorbido por las posiciones centralistas, con las que claramente se distancia ideológicamente la izquierda, que, por definición, es antinacionalista, tanto de las posiciones separatistas como de las centralistas.

Esta situación, difícil de explicar en muchos momentos en los que la radicalidad y la demagogia no dejan espacio para el debate sereno, ha llevado a la izquierda a enredarse en ciertos complejos frente a los nacionalismos periféricos.

Sin embargo, la socialdemocracia es internacionalista por definición, por tanto, su ideal debe estar en la superación de las fronteras y no en la construcción de nuevas.

El referéndum catalán es la máxima expresión de la tensión nacionalista y, un aspecto poco discutido, pero muy relevante, es que pone en riesgo a la propia Unión Europea. Maxime Fourest es el autor de una brillante tribuna de opinión titulada «L’avenir de l’Europe se joue (à nouveau) en Catalogne» publicada por el nada sospechoso diario francés «Liberation».

Sin duda, es el gran titular del día 1 de octubre y es que, de nuevo, Europa se la juega. Ha sufrido crisis por el rechazo a la Constitución europea, por el Brexit, por la crisis del euro o por la guerra en Ucrania. En EE UU gobierna un esperpento que desprecia lo que no conoce, que suele ser casi todo y, desde luego, a Europa se lo va a poner difícil. Pero, si nos fijamos, el denominador común es siempre el nacionalismo.

Si la izquierda española abandona sus complejos infundados, debe ser beligerante con el nacionalismo, su internacionalismo fundacional es antitético con los separatistas y la vocación europeísta debe sentirse en este preciso momento. Es incompatible ser de izquierdas y defender el nacionalismo, la indefinición de Podemos desnaturaliza su proyecto.

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