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Víctima

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01 de septiembre de 2017. 22:07h

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Uno de las trastornos colectivos más puramente contemporáneos que padecemos es el de la victimación. Escandalosa, postulante, insistente, sablista... Casi todos queremos ser, o nos hacemos, o nos tenemos por víctimas alguna vez. En general, con ello pretendemos reclamar lo que sea. Con furia, con modos exacerbados, con rigurosa pasión. Como decía Bruckner, una vez que la clase obrera ha perdido su papel mesiánico y ya no representa a los oprimidos, todos uno por uno llegamos a gritar en algún momento como consigna: «¡Los nuevos parias de la tierra... soy yo!». El victimismo (prefiero decir «victimación», aunque el palabro no exista), es una excusa de eficacia insuperable. Una justificación que, llegado el caso, permite incluso asesinar y convertir el propio delito alevoso en eximente. La victimación es la coartada perfecta. Vale más que el testimonio de un juez. El citado Pascal Bruckner ya estudió en su momento los procesos perversos del victimismo aplicándolos al genocidio serbio (que hemos olvidado, aunque ocurrió «ayer»). Detectó que los criminales no solo torturaron y asesinaron a sus víctimas, sino que además les «robaron» el papel de tales, de víctimas, les escamotearon sus credenciales de perjudicados, de seres heridos, damnificados, les quitaron su inocencia, sus sufrimientos, sus padecimientos, quisieron borrar así el daño que les habían infringido. Y, una vez que expropiaron el lugar que ocupaban las víctimas, su dolor y sus quebrantos, los culpables se declararon a sí mismos víctimas, como si tal cosa. Con total naturalidad. Como si el puesto de las víctimas les correspondiera a ellos. «Se ponen la máscara del torturado con el fin de perpetrar sus crímenes con absoluta buena conciencia de ser unos canallas inocentes», decía entonces Bruckner con imperecedera lucidez. No era la primera vez, ni sería la última, que un verdugo inclemente negaba que lo fuese y se declaraba a su vez víctima de su propia víctima. Posiblemente, incluso los canallas más despiadados necesitan justificarse a sí mismos. El victimario quiere ser víctima. Ocupar el lugar de la inocencia, de la superioridad moral. Tener motivos. Lo vemos todos los días. Y el recurso siempre funciona. Para «desactivar» a las víctimas hay que robarles incluso eso, el serlo, y luego se hace la víctima quien en realidad es culpable, de modo que así comete un crimen múltiple: sobre las víctimas, sobre su memoria y dignidad, pero también sobre la narración de los hechos, sobre la misma Historia.

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