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¿Y ahora qué?

Tiempo de lectura 2 min.

23 de agosto de 2017. 04:00h

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La Justicia no siempre es ciega, a veces, ve y muy bien: la libertad provisional para Juana es una muy buena noticia. Ella, de delincuente, no tiene nada. Quizá no haya actuado de una forma «ajustada a justicia» y su manera de proceder haya sido muy a su manera. Pero, en su defensa, hay que alegar que sólo quería «lo mejor para sus hijos». Ya se sabe, «a grandes males, grandes remedios». Dar la cara es una estrategia siempre recomendable. ¿Hubiese conseguido este resultado de no haberse escondido todo este tiempo? Puede que sí, puede que no.

Para una solución justa y ética basta con dar con un juez con la toga bien puesta y el alma serena, que crea en la Justicia y no ande escaso de humanidad. Debe actuar la Justicia pues tomárnosla por nuestra mano sería emular los viejos tiempos del Oeste americano, y ya sabemos cómo se las gastaban.

Coincido con Juana: a sus hijos debe verlos alguien experto ya que, en este tipo de casos, las verdaderas víctimas son los niños –recordemos el síndrome de alienación parental: uno de los cónyuges predispone a los hijos en contra del otro–.

Los seres humanos tenemos una gran capacidad para disfrazar la realidad... con el propósito de protegernos o de que no se nos rompa el alma en ciertas situaciones. La psique de los niños debe estar herida, no sólo porque el padre sea un maltratador (está por demostrar), sino porque puede que se sientan «culpables» por el hecho de que su madre les haya tenido que esconder –y esconderse–, para protegerlos del padre. Ahora necesitan un entorno que les proporcione seguridad, confianza y serenidad para sanar la herida emocional, donde el amor sea el protagonista y puedan volver a confiar en las personas que les rodean.

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