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Y llegaron las arcadas

Tiempo de lectura 4 min.

20 de agosto de 2017. 22:17h

Comentada
Julián Cabrera 21/8/2017

Debo confesar que me equivoqué de punta a punta cuando, en las terribles horas posteriores al atentado de la Rambla barcelonesa, puse en duda en mi fuero interno el vaticinio que me hacía un conocido y admirado compañero de Onda Cero a propósito de quién sería el primer imbécil que sacaría a colación la «matraca» independentista entre tanto dolor. Tenían que llegar efectivamente esos síntomas –siempre desde la tangente que permite posteriores matizaciones– para despertarnos la arcada post estupor ante los atentados.

Me equivoqué en efecto considerando que los representantes de algunos extremos del secesionismo no nos pondrían esta vez al borde del vómito y así se encargaba de certificarlo la ANC pidiendo a través de una cuenta de Twiter dirigida a Estados Unidos que no se hiciera uso de la bandera española en las muestras de solidaridad. Desprecio a la inteligencia, a las víctimas y por extensión a lo que supuestamente pretende defenderse a través de un «tuit» divulgado en el país que todavía llora y lamenta los disturbios y enfrentamientos en Charlottesville con la «supremacía blanca» como triste referencia.

Pero el estómago no deja de revolverse cuando en la misma línea, los actuales timoneles reales de los designios de Cataluña, entiéndase la CUP, condena los atentados a su particular manera que no es otra más que situarlos como consecuencia del capitalismo. No hay más que recordar por otra parte aquellas sesudas afirmaciones del diputado del grupo radical Benet Salellas calificando a terroristas yihadistas de «gente trabajadora». Las arcadas no acaban de remitir y acarrean réplicas cuando somos testigos de afirmaciones como la del responsable de interior de la Generalitat Joaquín Forn en Tv3 distinguiendo entre fallecidos catalanes y fallecidos españoles. Lo de Forn, a quien tuve oportunidad de conocer hace poco más de un año, es la demostración de que gente a la que se presumía un alto grado de sentido político ha sido definitivamente tragada por el agujero negro de la deriva separatista.

Lo que ha ocurrido en Barcelona y Cambrils estos días y lo que muy probablemente ha conseguido evitarse en otros lugares de Cataluña y del resto de España es fruto de una colaboración y una coordinación impecables en el terreno profesional y de auténticos héroes anónimos como ese mosso de escuadra que logró abatir a cuatro terroristas. Manchar con dudas esa coordinación en pos de una pretendida disputa competencial es no querer enterarse de la dimensión de una amenaza que tiene a Europa, –a la que pertenece España y por ende Cataluña– en estado de guerra contra el mayor desafío desde el surgimiento del nazismo el siglo pasado y con el inconveniente añadido de que parte de esa Europa aún no se quiere enterar de que esto es una GUERRA con mayúsculas y con todo lo que conlleva. Razón de más para que dejen de aflorar miserias como la mostrada por una ANC, a quien parece preocupar más que las víctimas el hecho de que el mundo cierre filas contra el terror iluminando sus lugares emblemáticos con los colores de una bandera que es la española.

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