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Y no ha sido el fin del mundo...

Tiempo de lectura 2 min.

05 de noviembre de 2017. 22:18h

Comentada
Eduardo Inda 5/11/2017

Soy el primero que advirtió hace ya muchos meses que lo peor que puede hacer el Gobierno es fomentar el rancio y cada vez más cantoso victimismo separatista. Cuando en una partida de ajedrez, uno de mis deportes favoritos, ejecutas la jugada que más gusta al rival estás muerto por brillante y audaz que seas. Hay que reconocer que la estrategia les salió de perlas a los golpistas el 1-O, pese a que la actuación policial resultó un juego de niños al lado de las que habitualmente llevan a cabo los antidisturbios franceses, alemanes y no digamos ya los estadounidenses. El miedo escénico se apoderó de Moncloa en particular y del PP en general. Estuvieron idos 72 horas tras la ensalada de bofetadas que les metió la retroprogresía nacional y la internacional, que gusta practicar aquello de «consejos vendo, que para mí no tengo». Y eso que el presidente tenía meridiadamente claro desde hacía más de un año que no iba a pasar ni una. Por convicción y porque, de lo contrario, su familia no le volvería a mirar a la cara. Se rehicieron cual ave Fénix y aplicaron el 155. Y no fue el fin del mundo. Los pitonisos de la izquierda nacional, los embusteros propagandistas a sueldo de la Generalitat y los cenizos de turno auguraron todos los males del mundo-mundial. Les escuchabas y parecía que iba a ser la toma de la Bastilla o un remake de la Primavera Árabe o de la plaza Taksim de Estambul. Olvidaban que aquello es el Tercer Mundo gobernado por dictadores a cual más malo y el nuestro es el país número 17 en calidad democrática por delante de Francia, EEUU, Italia, Portugal y ¡¡¡Bélgica!!! Destituyeron a los golpistas y no ardió Barcelona. Por dos razones: porque el secesionismo es de natural cobarde y porque es consciente de que los constitucionalistas son más y mejores. Se tomó el control de los Mossos y no fue el Día del Juicio Final. Todos se cuadraron cuando franqueó la puerta el tío Zoido. Y ahora han acabado en el lugar donde debe acabar todo delincuente, la cárcel, y tampoco ha sido el Armagedón. Y eso que el Gobierno hubiera preferido que hubieran quedado provisionalmente libres para no resucitar al monstruo en las urnas. Esta coyuntura nos deja dos lecciones estructurales: que con la verdad se va a cualquier parte y que cuando cumples y haces cumplir la ley siempre ganas.

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