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Y, sin embargo, les quieren...

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02 de diciembre de 2016. 04:44h

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Si algo hay que reconocer a Podemos es su adaptación a todo aquello que criticaban. No queda en pie ni una sola de sus soflamas contra la casta ni un mísero renglón derecho de su programa electoral.

En sus poco más de dos años de vida política han cobrado de donde no debían, repartido cargos entre parientes y amiguetes sin que les tiemble el dedo, abusado de las ayudas sociales, intentado escaquearse de Hacienda y votado en contra de suprimir privilegios; han defendido a dictadores y condenado a personas que ni estaban imputadas, insultado al Jefe del Estado, a la oposición y a los muertos, y se han puesto de parte de señores a los que otros países les niegan el derecho a sobrevolar su espacio aéreo por terroristas. Una pensaba que ya no cabían más promesas que faltar ni más ingenio para superarse en la mentira, pero hete aquí que todavía quedaba un punto de su sermón de la montaña que no habían pisoteado: el de la acumulación de cargos, que es algo en contra de lo que votó la Asamblea Ciudadana, que es quien supuestamente decide las cuestiones mollares del reglamento organizativo de la formación. Menos mal que han reaccionado a tiempo y solventado lo que prometía convertirse en un obstáculo para poder figurar en el libro Guiness, capítulo de vulneración de principios. La penúltima es que Ramón Espinar seguirá ocupando sus tres sillones, en el Senado, en la Asamblea regional y en la Secretaría General del partido en Madrid. Sólo les queda ya para terminar de reírse del personal organizar un «crowdfuding» entre sus círculos para comprarle a Bescansa un vestido de Balenciaga que vaya a tono con el esmoquin de Iglesias; pero no se preocupen que debe de estar al caer.

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