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Y también soy musulmán

Tiempo de lectura 2 min.

12 de enero de 2015. 21:47h

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Se pueden poner reparos a la manifestación del domingo en París y tal vez no tenga gran utilidad práctica en el corto plazo. Aun así, es importante que se haya celebrado y que hayan participado representantes de todos los países de la Unión Europea, y de muchos de los que constituyen el núcleo de lo que solemos llamar Occidente. Estos mismos días, en algunos países de la Unión están teniendo lugar otras manifestaciones, como las del partido Pegida en Alemania, que representan lo contrario: el intento de restaurar unas sociedades europeas homogéneas, en las que reinaba la unanimidad moral, cultural, religiosa y de costumbres.

Vivimos en un mundo distinto. Hay a quien no le gusta la palabra multiculturalismo, porque parece llevar la diversidad a terrenos en los que no debería existir: no debería haber jurisdicciones especiales, ni guetos, ni excepciones, ni privilegios, y es deber del Estado asegurar que las puertas de salida (sobre todo de salida) de los diversos grupos estén siempre abiertas. Tampoco debe haber actitudes racistas o, como se dice ahora, xenófobas. En eso consiste el auténtico multiculturalismo o, si se prefiere, el pluralismo: es lo propio de sociedades abiertas, donde cada uno puede expresar e intentar llevar a cabo su proyecto de vida siempre que respete la Ley.

Si hoy Occidente quiere decir algo, es eso. Por eso mismo, a algunos de nosotros no nos gusta demasiado el término. En su día, vino a sustituir a lo que antes se llamaba cristiandad. Conserva, como es natural, un rastro importante de aquel sentido primero. No se trata de negar esta raíz, porque sin el cristianismo, la sociedad abierta y liberal en la que aspiramos a vivir no existiría. En cambio, se trata de entender la naturaleza de nuestra sociedad. Desde esta perspectiva, bastantes de las discusiones sobre el islam y la religión musulmana son ociosas. El islam y la religión musulmana son parte definitiva de nuestras democracias liberales. En otras palabras, el islam es Occidente y sus problemas son los nuestros.

Queda mucho por hacer, precisamente porque se ha permitido la creación de grupos cerrados, opacos, ajenos a la ley. Hace falta que los dirigentes de los países europeos tengan el valor de ofrecer un pacto social integrador, que responda a la realidad de hoy. En la manifestación se vio mucho el slogan «Yo soy Charlie». Teniendo en cuenta la presión y la manipulación bestial de los fundamentalistas, no habría estado de más que se hubiera visto otro que dijera: «Y también soy musulmán».

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