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Ya siento el verde

Tiempo de lectura 4 min.

19 de junio de 2017. 00:27h

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Alfonso Ussía 19/6/2017

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La gran cita con el tenis se aproxima. Wimbledon. Eso es diferente. Las viejas normas. Todos de blanco, sin someter la tradición a la fuerza de las marcas de ropa deportiva. El insuperable Rafael Nadal ha ganado el campeonato en dos ocasiones. Lo hizo previamente Manolo Santana, y en el torneo femenino Conchita Martínez. La formidable inconstante, Garbiñe Muguruza, llegó a la final, que perdió dignamente con Serena Williams, a la que el año siguiente derrotó en la final de París. Me gusta Garbiñe, aunque en ocasiones me la figuro con la mente encapotada de brumas norteñas. Pero le sobra lo que tiene para, de iluminar su confianza, ganar en Wimbledon. Algunos comentaristas, cuando Garbiñe triunfa, se refieren a la española Muguruza. Cuando es derrotada, a la hispanovenezolana. Si nos asombra con un golpe ganador, lo celebran con un ¡Bravo, Garbi!, y si la bola se escapa por más de un metro, lo denuncian recordando su ciudad de origen. «Está nerviosa la caraqueña». Arriba o abajo, Garbiñe es la única esperanza de nuestro tenis femenino, mejor escrito, la única realidad. Y para colmo, es despampanante. Sus piernas son más largas que el túnel del Guadarrama.

Los expertos no cuentan con Rafa Nadal para ganar su tercer Wimbledon. Y yo, que soy un enamorado del tenis desde que tengo uso de razón, disiento de los expertos. Jamás ha jugado Rafael Nadal al tenis como lo está haciendo en esta temporada, y se adapta a la hierba con muy poco esfuerzo. Y Garbiñe, vestida de blanco, es la remonda.

Wimbledon jamás formó parte de la Unión Europea. Por lo tanto, en nada le afecta el brexit. Wimbledon es un milagro de la estética y la buena educación. Ese público grosero que venció en París a Garbiñe Muguruza apoyando a una francesa muy antipática con apellido yugoslavo, es impensable en Wimbledon. El público puede animar por mayoría, a un participante o a otro, pero siempre desde el equlibrio emocional y el respeto. Y Wimbledon finaliza siempre con un milagro Real. Entregar a los vencedores, el sábado el trofeo femenino y el domingo el masculino, es la única obligación institucional del duque de Kent, que cada año que pasa presenta menos mentón. Por el duque de Kent no pasan los años, exceptuando su paulatina pérdida de barbilla. Y entrega los trofeos divinamente. Los recogepelotas forman un pasillo de respeto, y Kent se detiene para hablar con el tercero de la fila de la derecha, una chica, con el quinto de la fila de la izquierda, un negrito, y con el penúltimo de la derecha, al que dedica seis segundos más de charla que a los anteriores. Cuando el Reino Unido pertenecía a la Unión Europea, puso como condición que Wimbledon, Ascott, el Grand National de Liverpool, el «British Open» de golf y la regata en el Támesis competida por las tripulaciones remeras de Oxford y Cambridge, no entraran en el queso de Bruselas.

Al milagro Real, se suma el de la resurrección efímera de antiguos abonados ya fallecidos. Y ese hallazgo, lamento recordarlo, es mío. En la primera fila de la pista central, los seis espectadores ubicados en la esquina de la izquierda, son muertos a los que la organización permite abandonar sus tumbas durante las dos semanas que dura la competición. Tres hombres y tres mujeres. Me informan que los afortunados en esta edición serán Peter Grosvenor, el capitán de la RAF William Persloe, Jeremy Dalton, Rose Marie Fulham, Anne Bridget-Basset, y la extraordinaria bailarina de folclore escocés, Sara MacPherson. A todos ellos, y en nombre de cuantos trabajamos y colaboramos en LA RAZÓN, mi más cordial enhorabuena.

La hierba de Wimbledon huele también a croket o croquet, a fresas con nata, a personajes de Wodehouse y a cigarrillos prohibidos. Aquellos pitillos rubios ingleses que a la segunda calada producían insoportables jaquecas. Y no trae imágenes de «My Fair Lady» porque Bernard Shaw, el irlandés bronco y magnífico, no era aficionado al tenis.

Cita anual con la estética en la cuna del tenis. Soberbio espectáculo de elegancia y armonía. Todos de blanco, como tiene que ser, y Rafael Nadal y Garbiñe Muguruza – ójala la luz y la tranquilidad en su mente–, recibiendo del duque de Kent, el hombre sin barbilla, los trofeos de campeones.

Se puede soñar.

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