domingo, 29 mayo 2016
07:26
Actualizado a las 
Ofrecido por:
  • 1
Editorial

Acto de responsabilidad de Rajoy

La envenenada aritmética parlamentaria resultante de los pasados comicios generales hizo presagiar ya en la misma noche electoral un horizonte extraordinariamente complejo, desconocido en la reciente historia de nuestra democracia, y en el que cualquier vaticinio sobre el futuro político era casi una invitación al error. Esa incertidumbre quedó ayer plasmada en la decisión de Mariano Rajoy de declinar la propuesta del Rey de someterse al debate de investidura, pero no de retirar su candidatura, sino de, en todo caso, posponerla. El presidente del Gobierno en funciones argumentó su posición en que no sólo no disponía de una mayoría suficiente en la Cámara, sino que la tenía en contra. Por la mañana, el panorama se había despejado en este sentido con la oferta de Pablo Iglesias a Pedro Sánchez para negociar un gobierno de coalición junto a IU, que el secretario general del PSOE había aceptado. Para Mariano Rajoy, afrontar un pleno para intentar lograr el apoyo del Congreso a sabiendas de que es imposible en este momento, y que así hubiera comenzado a correr el plazo de dos meses para la elección de presidente del Gobierno, habría sido una deslealtad y una falta de respeto para los más de siete millones de votantes del Partido Popular. Estamos de acuerdo. No había razón alguna para protagonizar una suerte de paripé parlamentario, en el que Mariano Rajoy habría tenido que afrontar la sesión en circunstancias absolutamente adversas, cuando PSOE, Podemos, IU y los grupos separatistas catalanes estaban ya repartiéndose los cargos gubernamentales, como comenzaron a hacer ayer mismo. Por lo tanto, además de por respeto a los electores, que le convirtieron en el ganador de los comicios, la decisión de Mariano Rajoy fue un ejercicio de honradez, responsabilidad y coherencia institucional y política que le permite ganar tiempo para seguir trabajando por un objetivo superior, como es lograr que salga adelante la alianza constitucionalista formada por PP, PSOE y Ciudadanos, la que mejor sirve al interés general y refleja el sentir de la gente. No lo tendrá fácil, porque Pedro Sánchez ha preferido despreciar su mano tendida para estrechar la de Pablo Iglesias a cualquier precio. Y del precio se enteró ayer mismo. Y es que cualquiera que escuchara ayer las comparecencias públicas de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez tras ser recibidos por el Rey debió llegar a la conclusión de que el líder de Podemos no sólo lleva la voz cantante en la izquierda española, sino que es también el que marca los tiempos y los ritmos hasta relegar y tratar, también, al líder del PSOE casi como a un segundón. Pablo Iglesias se lanzó en tromba hasta minimizar a los socialistas –segundo partido más votado– con un trato condescendiente e intentar copar el protagonismo de una jornada trascendente –en otra prueba más de la eficiente estrategia propagandística y mediática del equipo de Podemos–. Como decíamos, Pablo Iglesias presentó de forma pública su oferta a Pedro Sánchez para integrar un gobierno de coalición «proporcional», en el que él sería vicepresidente y cuya Presidencia dejaría a los socialistas. Para que no quedara duda alguna de su condición de número dos plenipotenciario, el líder de Podemos anunció su intención de controlar Economía, Interior, Defensa, Exteriores y Radio Televisión Española. El nuevo «gabinete Iglesias» contaría también con un «Ministerio de Plurinacionalidad». No sólo fueron cargos los que presentó, también un amplio programa, que no nos gusta, con un conjunto de prioridades para el nuevo gobierno. Entre otras condiciones, Podemos quiere un referéndum consultivo con el propósito de que el resultado impida al PP utilizar su mayoría de bloqueo en la reforma constitucional que plantean los extremistas. O, lo que es igual, que las leyes sucumban ante el orden asambleario populista. Hasta aquí, el planteamiento de un partido que pretende compartir un gobierno de coalición de igual a igual, que no está dispuesto a entregar gratis total la presidencia del Gobierno. Albert Rivera apuntó que parece postularse a miembro de esa casta que antes denostaba con su apuesta para el reparto de cargos gubernamentales. En las circunstancias presentes, lo más alarmante no es que Podemos actúe como tal, sino la reacción de Pedro Sánchez, que ayer quedó retratado en una posición de inferioridad política y mediática frente a su futurible vicepresidente. No hay que olvidar que Podemos e IU sacaron 6 millones de votos frente a los 5,3 del PSOE y que Sánchez quedó cuarto en Madrid adelantado por Rajoy, Iglesias y Rivera. Pero el PSOE no es un partido cualquiera, por más que su secretario general se empeñe en ello. Tras la decisión de Mariano Rajoy, los socialistas están en una encrucijada histórica que es crucial saber gestionar. El entreguismo de su secretario general frente a la impactante puesta en escena del líder populista, rodeado de su equipo de gobierno, fue decepcionante. Haría bien los notables socialistas en poner orden y coto a la ambición desbocada de Pedro Sánchez. Están a tiempo de recuperar el sentido común y aceptar la mano tendida de Mariano Rajoy para garantizar la estabilidad política y parlamentaria de un proyecto reformista y moderado. Lo otro nos aboca a un gobierno que será todo lo contrario.

SIGUENOS EN LA RAZÓN
  • 1