domingo, 29 mayo 2016
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Editorial

El anticlericalismo populista se estrella contra la Semana Santa

La llegada de Podemos y de sus sucedáneos a los órganos de gobierno de las distintas administraciones públicas ha supuesto una involución para las libertades individuales en muchos aspectos de la vida ciudadana. Han bastado unos meses para que la extrema izquierda demostrara con hechos que su prioridad no es la gente, sus problemas, preocupaciones, necesidades, sino imponer su proyecto ideológico a esa misma gente con la que aseguran identificarse y, en ese sentido, convertirla en un instrumento al servicio de su proyecto político. El partido morado, sus marcas blancas y sus confluencias entienden la democracia como un eslogan propagandístico que esconde en realidad un mecanismo de control y supervisión sociales. La libertad religiosa ha sido objeto predilecto de sus embates en este tiempo. Como representantes de la tradición de la izquierda española, el anticlericalismo los define y también los retrata. No pierden oportunidad de acosar a los creyentes y a cualquier manifestación que guarde relación con la vida de la Iglesia y con la propia institución. Sin duda, estamos ante comportamientos obsesivos en individuos que, objetivamente, nada pueden reprochar a una institución ejemplar que ha sabido como ninguna otra –y dejando al margen su trabajo pastoral y espiritual– desarrollar una labor asistencial y solidaria con la gente necesitada y hacer frente muchas veces en soledad a toda suerte de tragedias humanitarias en los peores escenarios, aquellos en los que nunca encontraremos a estos extremistas de salón y alfombra roja. En este sentido, la Semana Santa ha sido una nueva oportunidad para que los populistas, allí donde gobiernan o donde influyen en los gobiernos, se hayan empleado a fondo contra celebraciones tan trascendentes para los católicos. No hablamos de excepciones, sino de actuaciones regulares por parte de corporaciones locales que han ido desde el recorte de ayudas a las cofradías o hermandades pasando por la paralización de los permisos para los actos religiosos o cualquier otro trámite relacionado con la Semana Santa, la no cesión de espacios públicos, hasta la prohibición a los policías locales de tomar parte de una forma u otra en algún tipo de celebración litúrgica, entre otras. En definitiva, ayuntamientos como los de Cádiz, Córdoba, Oviedo, Ferrol y La Coruña, por citar algunos, no sólo han dejado de respaldar de forma activa, como era tradición, un fenómeno fundamentalmente religioso como la Semana Santa, al que tampoco se puede negar su dimensión cultural y económica, sino que han adoptado una posición obstruccionista y hasta beligerante. En esa posición sectaria asoman también las contradicciones de un movimiento que dijo llegar a la política para ponerse del lado de la gente y, en cambio, se dedica a atacar su historia y sus creencias cuando no le gustan. Pese a todo ese ímpetu reaccionario de los ayuntamientos populistas, la Semana Santa será de nuevo un espléndido retablo de espiritualidad, fervor y fe de un pueblo que hunde sus raíces y sus valores en el humanismo cristiano y que recorrerá las calles del país en centenares de procesiones con un sentimiento de profunda emoción y recogimiento. En definitiva, toda una expresión de la libertad religiosa que tanto molesta a esa izquierda intolerante que España no se merece.

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