jueves, 19 enero 2017
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El fracaso de una política basada en el voluntarismo

Pocas veces en la historia la esperanza ha tenido tanta carta de naturaleza política como en la elección de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Y, en efecto, los hechos que jalonan su trayectoria han refutado lo que no era más que la proyección de las ilusiones de una sociedad conformada por el imaginario cinematográfico. Y no sólo en el ámbito que le era propio: la izquierda europea, con la concesión preventiva del Premio Nobel de la Paz, se unió al carro de la esperanza, sin duda, huérfana de un proyecto propio capaz de dar respuesta a los desafíos económicos y sociales de un mundo convulsionado por el proceso globalizador y por la irrupción de unas redes sociales que, simplemente, eliminaban a los antiguos intermediarios entre los ciudadanos y el poder político. Acciones y reacciones que se mueven a sus anchas en el terreno de la mera sentimentalidad y rechazan los procesos de reflexión. Obama llegó aupado en esa ola de la expansión de internet e, ironías de la vida, se va arrastrado por la misma marea de sentimentalidad, aunque ahora en su reflujo. Y eso es así porque no se entendería la convulsión de un Donald Trump, su sucesor en la Casa Blanca, sin las sombras que envuelven la gestión política de quien fuera considerado el hombre providencial que necesitaba nuestra época. Pero Barack Obama ha acabado por representar, sin embargo, la imagen más cruda del voluntarismo, de la expresión de la propia voluntad como herramienta contra la contumacia de los hechos. Podría decirse que Obama ha sido víctima de su propio personaje, a la postre, siempre a remolque de los acontecimientos, tanto internos como externos, y que ha actuado bajo la tiranía de las encuestas diarias de opinión, lacra de estos tiempos de inmediatez cibernética. Incluso las luces de su obra política, que las tiene, acabarán atenuadas por un final de mandato en el que se ha dejado grandes jirones de prestigio, comportándose en el traspaso de poderes como si la preferencia de sus conciudadanos por un personaje como Donald Trump hubiera sido un insulto personal. Nada más revelador del desconcierto que embarga al progresismo estamental norteamericano es que la maquinaria demócrata, con su Prensa a la cabeza, haya incurrido en las mismas actitudes antidemocráticas que, de antemano, se adjudicaban al nuevo presidente. Obama debería reconocer la incapacidad propia y de su partido para conformar un sucesor viable. Ni los manejos de Moscú ni la supuesta manipulación de los recuentos han tenido la menor influencia en la derrota de una veterana de la política, ejemplo del ADN de Washington DC, como es Hillary Clinton. Ha sido la larga y estéril confrontación de Obama con el adversario republicano, ducho como el que más en el uso de la demagogia y el populismo, la que ha abierto la puerta a un hombre que ha conseguido cabalgar el tigre de las redes sociales con su misma maestría. En realidad, Obama ha sido víctima de la falta de diálogo con la oposición y de los proyectos de imposible culminación. El hombre atropellado por las realidades y, al final, obligado a tomar las mismas decisiones que rechazaba en sus antecesores. El presidente que ha llevado la deuda pública a niveles no vistos desde la Gran Depresión y que, al mismo tiempo, ha empobrecido a la clase media. Y el político, al fin, que se ha dejado embaucar por las viejas tiranías en la ilusión de ese papel de creador del nuevo orden mundial que ha acabado por creerse.

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