Oviedo

El Rey pide una España «orgullosa de lo que juntos hemos conseguido»

La Razón
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Las palabras de Felipe VI pronunciadas en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias vuelven a examinarse con lupa. En esta ocasión, el mensaje ha sido claro y, sobre todo, reafirma la labor de la Fundación que se puso en marcha en 1980: el ejemplo de los galardonados nos debe llevar a reflexionar sobre el lugar que ocupan y el reconocimiento que merecen aquellos que «hacen de su existencia un símbolo de compromiso y solidaridad». El esfuerzo, el trabajo bien hecho y la entrega al bien colectivo deben ser premiados. Con demasiada facilidad se entronan valores efímeros crecidos en la espuma de los focos, en la cacofonía de las redes, en la ciega obediencia a la mercadotecnia, en la gesticulación vacua de los hiperliderazgos. «Nuestros galardonados siempre nos han recordado que no hay ninguna obra científica, política, social o artística que no haya surgido por unos ideales firmes y sólidos», dijo Don Felipe en su discurso. La política ocupa en estos momentos un papel central, muy sobredimensionado, y, en muchas ocasiones, exacerbando un negativismo que sólo sirve de combustible para persistir en un discurso autorreferencial donde la actividad política es el único centro y no los ciudadanos, sin tener en cuenta que el servidor público es, como es fácil suponer, un instrumento de la sociedad y no al revés. Es el trabajo de los ciudadanos, en la educación, en las ciencias, en las humanidades y en las artes, el que ayuda a progresar, y no las diatribas frentistas, pura ideología fabricada en trincheras inamovibles. «El conocimiento, que nace del estudio, del esfuerzo y de la experiencia, es un valor esencial para el desarrollo y el bienestar integral de las personas», añadió el Rey. Los tiempos complejos que nos tocan vivir sólo pueden afrontarse desde la razón. Parece que entramos a nivel global en un período de oscurantismo político en el que se rescatan viejos tics mesiánicos, populistas y de profundo desprecio a la política. La alocución de Don Felipe fue, como él mismo apuntó, una «afirmación cívica de la cultura frente a la ignorancia». Citó a dos grandes nombres de nuestra tradición, como ejemplo de compromiso libre y personal. A Emilia Pardo Bazán, cuando hace ahora cien años fue nombrada catedrática de Literatura Contemporánea, la primera, en la Universidad Central de Madrid, cuando ni siquiera se pudo matricular por ser mujer. Y recordó a Miguel de Unamuno, cuando se cumplen 80 años de su valiente admonición en la Universidad de Salamanca en favor de la inteligencia frente al militarismo, precisamente para «afirmar una España que tiene que ser de brazos abiertos, en la que nadie pueda sentirse solo en el dolor o la adversidad». «Una España –continuó– alejada del pesimismo, del desencanto o del desaliento, fiel a su irrenunciable afán de vivir y orgullosa de lo que somos, de lo que juntos hemos conseguido». Esta edición de los Princesa de Asturias ha galardonado a un brillante elenco de nombres. De la actriz Núria Espert («que encarna la fuerza y la belleza del teatro») al escritor norteamericano Ricard Ford; de la historiadora británica Mary Beard al fotoperiodista James Nachtwey; del biofísico Hugh Herr (investigador para mejorar la movilidad de los discapacitados) a Aldeas Infantiles; del triatleta Javier Gómez Noya a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Son claros ejemplo de que los grandes progresos se «alcanzan cuando se unen los saberes y conocimientos», concluyó el Rey.