lunes, 24 abril 2017
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Editorial

Empieza la desconexión del Brexit

Aquel sinsentido que el ex premier David Cameron anunció el 23 de enero de 2013, que si ganaba las elecciones de 2015 –que ganó– revisaría las relaciones de Londres con Bruselas y que convocaría un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, se ha cumplido. El anuncio provocó la euforia de los euroescépticos y activó los peores sentimientos de los nacionalistas xenófobos ante la perplejidad del mundo económico. El Partido Laborista quedó paralizado y, visto los movimientos de su nuevo líder, Jeremy Corbyn, parece que el Brexit no va con ellos: lo han aceptado sumisamente. Una deshonra la izquierda británica. El referéndum se celebró el pasado 23 de junio y se confirmaron los peores augurios: los británicos, por un 51,9% contra un 48,1% de los votos, decidieron abandonar la Unión Europea. Nadie se lo creía, pero era cierto. Se habían jugado todas las bazas del populismo: exaltación de los sentimientos patrióticos y el uso de la mentira como arma política, como así admitió un personaje tan grotesco como Nigel Farage, líder del Ukip. Muchos se arrepintieron de votar a favor de la salida cuando empezaron a conocer las consecuencias económicas reales de una ruptura con la UE, máxime cuando la promesa de Cameron fue para mejorar sus expectativas electorales. El proceso para oficializar la salida del Reino Unido de las instituciones europeas ya se ha puesto en marcha: el representante británico ante el Consejo Europeo ha anunciado que la primera ministra Theresa May activará el próximo día 29 el artículo 50 del Tratado de Lisboa, por el que se pone en marcha el trámite de salida de un Estado miembro. En dicha norma se dice que «los Tratados dejan de aplicarse al país que realiza la solicitud, desde la entrada en vigor del acuerdo o, a más tardar, dos años después de la notificación de la retirada». Deja, además, la posibilidad de que el Consejo pueda prorrogar dicho período. May ha tenido el detalle de anunciar el inicio formal de la marcha del Reino Unido días después del 60 aniversario del Tratado de Roma, gesto que no oculta la filosofía de las futuras negociaciones con el Consejo de Europa: May ha anunciado un «Brexit duro». Es decir, de entrada supondría la retirada del Reino Unido sin mantener su acceso al mercado único, lo que quiere decir no seguir las normas de la UE sobre la normativa relativa a la total libertad de movimiento de las personas. Este hecho es un verdadero desastre en nuestras relaciones con el Reino Unido: se calcula que unos 800.000 británicos están instalados en España y unos 300.000 españoles en la isla. Las consecuencias para nuestro país son negativas: caerá entre dos y cuatro décimas de crecimiento del PIB (entre 2.000 y 4.000 millones de euros), según un informe de la Comisión y del FMI. El Gobierno deberá aportar 888 millones más al presupuesto de la UE. Se hará notar en la exportaciones y las grandes empresas españoles que están en el mercado británico. El Brexit ha sido la primera grieta seria que se ha abierto en el proyecto europeo y, como era de esperar, ha despertado la simpatía de todas las fuerzas eurófobas, con Le Pen a la cabeza. La irrupción de Trump en la Casa Blanca ha reforzado esta posición que quiere minar a la UE. Sin embargo, en las negociaciones que se abren ahora hay mucho en juego y, aunque el Reino Unido quiere un «Brexit duro», países como Irlanda, Polonia, Italia y España apuestan por un «Brexit suave» en el que se respeten temas como la Seguridad Social, la libre circulación y el turismo. Ahora se impone el pragmatismo y evitar que España pueda salir perjudicada en política migratoria, en las relaciones con Gibraltar, agricultura, pesca y universidades. En política, el uso del egoísmo nacionalista tiene graves consecuencias.

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