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España necesita un PSOE unido

Tiempo de lectura 4 min.

17 de abril de 2017. 22:43h

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Entre los tres aspirantes a liderar el PSOE, sus equipos, los militantes, simpatizantes y votantes en general existe coincidencia en el que el partido referente en la izquierda española atraviesa el tiempo más crítico de la reciente historia de la democracia. El legado de Pedro Sánchez fue una formación fracturada y enfrentada en el que las diferencias convirtieron a los compañeros de partido, primero, en adversarios y, después, en enemigos por obra de un líder sectario y rencoroso. Se asfixió el debate y se implantó la incomunicación, el ordeno y mando y las banderías. El crudo Comité Federal que acabó con la derrota y la renuncia de Pedro Sánchez a la Secretaría General pareció la inevitable catarsis y el punto final del clima bélico y hostil entre los socialistas, pero los meses posteriores han demostrado que están muy lejos de haber cerrado este capítulo y que el agravamiento es posible en las próximas semanas. En este punto, sería injusto no ponderar como merece el trabajo de Javier Fernández al frente de la Gestora que ha pilotado la interinidad orgánica. Cogió un testigo amargo y destructivo en un partido hecho jirones y ha sabido manejarse con firmeza y sensatez para mantener la nave a flote en medio de la galerna que ha sido y es la vida interna de los del puño y la rosa. Javier Fernández es patrimonio socialista y sería un error que no contara en el futuro, más allá de su labor en Asturias, porque no le sobran al PSOE cabezas de su valía. Los socialistas arrancaron oficialmente ayer el proceso que finalizará en las primarias del 21 de mayo con el plazo para presentar las precandidaturas a la Secretaría General, cuatro días antes de que comience la recogida de avales. Susana Díaz y Patxi López lo formalizaron ayer y Pedro Sánchez se anuncia para hoy. Los dos primeros hablaron de proyectos integradores que sirvan para transformar la sociedad y ganar elecciones, conscientes de las debilidades del partido. Y lo hicieron desde el respeto mutuo que deja entrever una cierta sintonía que puede deparar escenarios de entendimiento en el futuro. La propuesta de la presidenta de la Junta pasa además por el «reencuentro» con las siglas y la ideología del PSOE para llenar otro gran vacío propiciado por la deriva extremista de Pedro Sánchez, que arrumbó los principios socialdemócratas que hicieron de los socialistas una formación de gobierno. Desde la candidatura de Pedro Sánchez, la voluntad es otra, incompatible con lo escuchado ayer, y con escaso respeto por rivales como Patxi López, al que se ha ninguneado en una suerte de ajuste de cuentas con el que fuera colaborador. Por lo visto y oído hasta ahora, el dimitido líder socialista no parece preocupado por integrar ni unir, sino por arrasar a Susana Díaz y lo que representa. Los presagios sobre el desarrollo de las primarias no son los mejores, especialmente porque Sánchez parece decidido a embestir más que a debatir: o conmigo o contra mí. El favoritismo de Susana Díaz no parece injustificado, pero el exceso de confianza es un error que no se puede permitir. Como también lo será entrar al trapo de una campaña embarrada, cruenta y amarga. El PSOE se juega su presente y su futuro, pero también lo que pueda ocurrir será decisivo para España, la estabilidad y la gobernabilidad en un tiempo amenazado por populismos y separatismos tan ajenos a la democracia. Que el socialismo logre salir indemne, sin secuelas, sin heridas abiertas de este proceso, es imposible. Lo que necesita es recorrer la travesía del desierto de una vez para recuperar la moderación, la centralidad y el discurso socialdemócrata que necesita hasta erigirse de nuevo en alternativa de gobierno al PP. Se trata de sumar y levantar un PSOE cohesionado que aporte soluciones a los problemas del país y que deje de ser uno de ellos.

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