lunes, 29 mayo 2017
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Editorial

Gran coalición a la francesa

Emmanuel Macron ha presentado el «gobierno del cambio», o así lo define, para que sea juzgado de manea inmediata en las elecciones legislativas de los próximos 11 y 18 de junio. Éste es su programa. De no recibir los apoyos suficientes que le permita poner en marcha con holgura parlamentaria su ambicioso plan de reformas, volvería a construir un nuevo Ejecutivo, se supone que haciendo los mismos equilibrios. Su precariedad política, con un partido recién fundado, En Marcha, le obliga a apoyarse en todo el arco parlamentario. En definitiva, se trata de gobernar con ministros procedentes de la derecha, la izquierda y el centro, unidos por un estilo político templado y desideologizado y, como es habitual en la tradición francesa, con sentido de Estado y patriotismo. Estos gestos suelen ser premiados por un electorado inmerso en la crisis del sistema de partidos de la V República, aunque el experimento de Macron no se podrá valorar hasta que ponga en marcha algunas de las medidas estructurales que definen un régimen tan corporativo como el francés. Hablamos, sobre todo, de la reforma laboral que el gobierno Hollande-Valls tuvo que aparcar o la reducción del gasto público en 60.000 millones de euros. Si izquierda y derecha fueron denominaciones políticas que nacieron en la Francia revolucionaria del 1789 en función de algo tan aleatorio como el lugar físico que ocupaban los diputados, Macron se ha propuesto superar esta terminología, sobre todo en lo que hoy puede entenderse por hacer políticas «progresistas» o «reaccionarias», lo que dice mucho de su ambición intelectual, aunque la clave estará en las políticas concretas que ponga en marcha, en la «realpolitik», como siempre. Al nuevo presidente no le queda más remedio que actuar con las herramientas políticas clásicas: buscar aliados, colaboradores, apoyos y aguantar. Y, como ha sido el caso, intentar fracturar a sus adversarios y mermar sus posibilidades electorales en las próximas legislativas. En este sentido, la elección de Edouard Philippe como primer ministro, un político conservador con inicios en el socialismo menos proteccionista de Michel Rocard, ya dio pistas de esa nueva sensibilidad: buen gestor, bien formado y abierto. El nombramiento ahora del veterano centrista François Bayrou como ministro de Justicia insiste en este criterio, además de compensar el apoyo que le dio a Macron. La elección para la cartera de Economía de Bruno Le Maire, un conocido rostro de Los Republicanos, es la mayor apuesta y la que más riesgo político tiene, ya que el partido conservador lo ha interpretado como una operación que busca debilitarles. Los Republicanos han expulsado de su formación a Philippe, Le Maire y a Gérald Darmanin, ministro de la Acción y las Cuentas Públicas. El nuevo gobierno cumple las normas de paridad, el equilibrio entre veteranos y europeístas y entre izquierda y derecha. El proyecto de Macron dependerá de la fortaleza política de En Marcha y de cómo el electorado interprete esa «gran coalición» basada en individualidades capaces de sobrepasar el marco de los partidos políticos. La cohabitación en Francia (Mitterrand-Chirac y Chicac-Jospin) se sustentaba sobre el equilibro entre la presidencia y el ejecutivo, mientras que Macron busca ensanchar el espacio político al punto de sellar un nuevo contrato social sobre nuevas bases. Las próximas elecciones son las que deben revalidar un programa basado en aligerar el un mercado laboral corporativo, políticas sociales más activas sobre el paro, un ambicioso plan para relanzar la educación y afianzar el proyecto europeo.

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